Escribe Beckett: "Debería apartarme, del cuerpo, de la cabeza, dejar que se arreglen, dejar que se acaben, no puedo, seria necesario que sea yo quien se acabe."
Lotería de Babilonia. Identidad como narración, ficción propia
Cuestionarse la idea de sujeto: Lo grupal es SIN sujeto, es SIN identidad
5 lineas, una identidad, su identidad.
Una voz dice: "Soy, por lo menos soy"
Habitar, conexión con aquello que habito, identidad.
Otra voz dice: "Yo soy lo que soy"
Otra: "Soy un cambio".. "soy una canción" ... "soy una ortiva"
¿Dificultades en construir lo identitario?
¿Como describir eso que llamamos yo?
Ficción que no ES y se instala como verdad.
El nombre. Lo fuerte de la identidad, lo otorgado tomado para si pero que no nos pertenece, puede pertenecer a otros también, lo que habitamos como potencia.
La fragilidad de la idea de identidad. Ser es ser percibido
¿Que narración pensamos acerca de nosotros mismos?
Potencias. Figuras que ocupan el lugar del sujeto, figuras que dan cuenta de habitar una ficción.
Alternativa. Figuras que habitan al sujeto.
Potencia: "Lo que un cuerpo puede y eso es lo que hace"
Una mutación de identidad en función de las potencias que habito.
Descubrimiento, sacar a la luz lo velado, la forma de descubrirse a través de atributos, se desoculta porque constatamos como propios esos atributos, los vemos en la experiencia cotidiana. Eso hace constitutivo al ser.
Descubrimiento en la experiencia cotidiana, forma posible de pensar el problema de la identidad, otro modo: la ficción, el invento.
No algo que la persona trae per se, sino como emergente de una colisión, del choque de fuerzas, intensidades que nos atraviesan en la experiencia diaria. La identidad como invención
Afectación de intensidad, efectuacion. Características que cambian en el estar afectado por el acontecimiento
No somos, no somos fijamente, mutamos con los acontecimientos que impactan sobre los cuerpos.
Identidad como contradicción, movimiento de lo que es y no es.
Fugas, ser, no ser, identidad
Deleuze. Identidades, multiplicidades que se inventan, construyen en el continuo atravesamiento de fuerzas diversas.
mundo lleno de fuerzas que nos afectan y nos hacen vivir una existencia de determinada manera.
Ruptura de la trama, trama que fija los cuerpos. El sentido común.
Lo grupal, puerta a las posibilidades de habitar potencias que nos asombre. Romper la trama de aquellos lugares donde el individuo queda atrapado por el goce.
Potencias contradictorias que habitamos en la experiencia cotidiana del vivir. Identidad como invención, ficcionada.
Yo. Inquilino. Pensamientos que nos piensan, súbdito, se adhieren pensamientos, predicado en el lugar del acontecimiento. Potencias que se habitan y ocupan el lugar de sujeto.
Producción de subjetividad. ¿Como habita el mundo ese individuo? Potencia, romper la trama, la estructura es un acto clínico.
"Lo femenino, lo noviazgo, lo amistoso habita en Florencia"
No importa la idea de sujeto como identidad fija sino las figuras que son habitadas. No es lo mismo intervenir sobre el verbo que intervenir clínicamente sobre las figuras que ocupan el lugar del sujeto. Romper el marco de certezas para abrir un marco de multiplicidades.
Curación de la enfermedad de lo UNO. Único, certeza de lo que permanece inalterable. La curación de ese "Florencia ES"
Salto inesperado, sorteo, mecanismo por el cual se pone en juego la multiplicidad.
La lotería de Babilonia, la compañía como una forma de habitar el mundo, estar transversalizado por el azar.
Borges. No hay lugares fijos, movimiento, ruptura de lo "siempre igual" ni uno ni lo otro. NI, pasion, pasion del ni, lo neutro, deconstruccion.
Lotería como acontecimiento de blanco. De brasi. Se diversifica en múltiples acontecimientos. Cartografias, devenir en.
Sortero, cartografíar la existencia, provocar multiplicidades de acontecimientos. Existencia como lugar de incertidumbre, incertidumbre de la existencia, en la existencia.
Complot, verdades no comprobadas aun que se deslizan por los intersticios de las narraciones.
Habitamos potencias desde la incertidumbre, el sorteo como ardid para controlar la vida de la comunidad, el sorteo, phármakon, orden y desorden.
Blog de la comisión I de la materia Teoría y Técnica de Grupos cátedra II de la facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires.
jueves, 8 de mayo de 2014
“Creer
sin ser giles…”
“…tirarse la suerte entre gitanos…”
La historia se
encarga de contar las cosas como son,
mientras que el arte
se encarga de contarlas como podrían o deberían ser;
una se ocupa de lo
verdadero, la otra de lo verosímil.
Cirugía,
Sangrado y Transfusión
Una
intervención y /o instalación cuando “artefacto”,
(“dispositivo clínico artificial de contingencia”), intenta vincular a los inter-venidos de manera
transversal pero física, involucrando la presencia de los cuerpos como expedicionarios
actorales construyendo un minado campo teórico.
Montaje de un acontecimiento falsificado de la existencia,
de una vivencia experimental, una
dramaturgia paralela que pueda terminar
en afectaciones y cuestionamiento ostensible.
Se trata de “creer sin ser giles”, conmocionando
las presencias “reales”, haciendo
audible las ausencias de la ficción. Dimensiones
performaticas de los colectivos.
Pregunta la clínica: vamos a tirarnos
la suerte entre gitanos?
El estado de “simulacro”, va contaminando
y pulverizando la brumosa cotidianeidad hasta desintegrarla, para que emerja una nueva narración estética.
Lo clínica “piensa”?
Crítica “forma” de pensar-se, re-Flexión
poética, des-Pliegue de actos anticipatorios, de futuros devenires inéditos. Reparación discursiva del des-politizado.
·
Lo
clínico: “¿libertad bajo palabra? …
·
Re-Colección
de agenciamientos fragmentarios de lirismo y misterio?,…
·
“Estado
de ebriedad coral, a la deriva”?
·
Certezas
y falsedades conviviendo en un mismo tiempo dislocado, moneda de cambio entres
decisión y posibilidad?,…
Visto de cerca, ningún interrogante
es inmortal, componen y comportan madrigales de urgencia, (simultaneidades y superposiciones
polifónicas de textos todos diferentes).
Intervenciones e instalaciones clínicas
cuestionan los estados de reposo de los
modelos aceptados como mayoritarios, toda vez que introducen “ experiencias preguntantes”
, provocan temblores, colapsos sísmicos, en la comodidad de las representaciones inmovilizadas: devienen
minoritarios.
Lo
clínico busca el estallido, crujido y despliegue
de potencias y referencias violentadas por la pura intensidad. Propuesta de riesgocidades performaticas,
para una estética de la ocasión. Una
turbia pero necesaria “peligrosidad”.
Intervención clínica supone una
acción política, entendida como potente instrumento de fuga y bifurcación
discursiva, en las condiciones de producción de subjetividad.
Lo clínico interviene velocidades colapsadas,
deambulando por la difusa zona de lo “entre” teatralidades, ambigua línea de
partida anti-preposicional, que algunas llaman “umbral mínimo de ficción”.
Lo clínico fricciona la sintaxis del
acontecimiento, provoca deconstrucción
gramatical, revoltijo lingüístico para barajar y dar de nuevo, zambulle el alfabeto
dentro del cubilete y lo lanza con su
“no azar” sobre el tapete inmanente,-“Scrabble”- en eterno comienzo narrativo-.
Lo clínico, elastiza lo textual,
compone un terreno de experimentación, un “campo con niebla” lúdico donde
indagar poética. Tensionando la literalidad de lo cotidiano, deja aparecer las
rugosidades de lo rítmico, la premura de las velocidades y las coloraturas de
las tonalidades, creando un espaciamiento imaginario mayor. Se trata de
explorar la perspectiva de la saturación, los confines de las intensidades, del
estiramiento de una búsqueda, que busca
sin “necesidad” de reconocimiento, investigación de contingencia por el solo encuentro.
Lo clínico trans-Forma cuando propone
la pregunta ¿cuál es el tema
interceptado? diferenciándolo de situación o conflicto (conflicto arbóreo?,
campo de problemáticas rizomatico?), funda territorios que explotan de
posibilidades e in-con-formidades.
Lo clínico, anuncia déficit, lo que
hace carencia, lo presenta en superficie periodísticamente, haciendo correr la
noticia por los intersticios de sibilinos
corrillos, pone en pantalla penurias, estado de pestilencia de resolución
necesaria. Muestra a la maquina en el
interior de su desperfecto, interroga si debe esperar la intervención de
mecánicos y reparaciones, en tanto no deja de aturdir con el ostinato de los
ruidos por el raro funcionamiento.
Lo clínico, distribuye “magnética
electricidad”, usina posibilitadora de energía, con la cual pone en
funcionamiento aquello que quedo detenido, apagado, u oscurecido en tenebrosa penumbra.
Lo emotivo adviene cuando la movilidad electrocuta
a los cuerpos con su llegada.
Lo clínico: acciona emancipación, des-sujeción
de potencias, y problemáticas, paralizadas, encadenadas a un subsidiado estado de
esclavitud por la cultura de la cotidianeidad y el sentido común. Procedimiento
insistidor para des-anudar, des-enlazar, aquello que silenciado o amordazado
pugna por hacer presión.
“Anonimar” los cuerpos, “amistar”
las lenguas…desmontar certezas en búsqueda de lo incierto, “sufrir, amar,
partir y al fin andar sin pensamientos, perfumados de naranjos en flor”.
Clíniquear: bisturí cortante sobre
el cuerpo de la subjetividad:
Cirugía, Sangrado y Transfusión.
“Quitarle La
Razón al razonable,…
dormir con la mujer de su marido”
La teatralidad de la representación necesita de identidades, convoca personajes,
elencos, actores, vestuariza el arquetipo al que lo organiza presidiario de los decires, los coloca en medio de
simulacros, “ordenados secuencialmente por elementos causales”, les oferta ser parte de una religiosidad,
confesante, pero paganizada, “estampitas kitsch”. Son funcionarios domésticos domesticados,
verticalizados sobre mapas y territorios
guionados inconfundibles.
A cambio la teatralidad de los estados necesita
de tensiones, figuras sin siluetas, poéticas, alojamiento en el lugar del
sujeto, afectaciones, espíritus errantes, nómades, o al acecho, en estado de flotación, dudosidades
en búsqueda de alguna despellejada corporalidad amiga, visitas inoportunas de
la oportunidad. ”Fulguraciones volátiles cargadas de vigorosos torbellinos.”
Teatralidad de los estados, lo
grupal narrando una literatura plebeya.
Lo grupal deviene eufonía, espaciamiento empírico poetizado, “Claro
del Bosque”, escenario, “Tablao” Hospedante de
la Razón Poética, fraternal soporte de “Zambranología Teatralizada”, cartografía del habla colectiva, “lo
entre palabras que se frotan”, fricción de opacidades oníricas y lingüísticas.
Provocación violenta de intensidades e intenciones para la atrofia de la asertividad de la lengua,
forzando su condición en-carceladora que captura.
La razón poética bate palabras como
los bailaores, baten palmas,- andaluzas
poliritmias conversantes,- musicantes taconeos
del golpe a golpe y el verso a verso…
La razón poética, esa de “charanga y
pandereta, de espíritu burlón y alma inquieta
ha de tener su mármol y su día, su inefable mañana y su poeta”
La razón poética se nutre del silencio
para combatir el mutismo, in-quietante in-sonoridad vaciada, le declara
su egoísta enemistad y le dice:
"entremos
más adentro en la espesura".
La razón poética es tenaz servicio
de oxigenación, palabra que se da, como
respiración boca a boca, al rescate del
nadador acalambrado- (semi ahogado en
aguas lenguaraces),- en el mar de la
mediocridad.
Santa
Rita, Santa Rita, lo que se da no se
quita.
Vistos de cerca, todos los
personajes se parecen entre sí, son fragilidades con la levedad del folletín, que las figuras
empoderan con sus caricaturas, aparece la condición de exceso, las demasías, la
portación de raidos guardarropas multicolores, con los que intentan vivir el día
a día…son los delirios de las criaturas efímeras, vivientes del no soy en si…
Las Figuras salen de viaje accidentando
al Sujeto, lo buscan para
“adelgazarlo, para carcomerlo”, lo Draculizan, lo des-dibujan con manchas pictóricas informes sobre las telas vírgenes de las existencias
a las que toman por asalto en su ingenuidad, las llenan de turbulencias, y de tempestades
desquiciadas. Hacen del momento algo inédito.
La razón poética -tormentosa como lluvia
de verano, aparece in- rompiendo, con sorpresiva violencia para rasgar el color
sepia del acontecimiento, para oxigenarlo de malestar, para higienizar su cotidianeidad, “para confrontar con lo dado,
con lo establecido” desalojando los deshechos a-rutinados en el hábitat de los
paisajes.
La razón poética tensiona y elastiza
temporalidades, hace inefable las agujas
de los relojes, - los apura demorándolos y los demora apurándolos - , “extraviando
el tiempo cronológico en tiempo de intensidades”, musicaliza al hablante, lo
lleva de la mano para componer, por los sinuosos caminos de las melodías, los ritmos,
y las “unidades sonoricas” inexploradas.
La razón poética se hace letra a
fuerza “del cincel y de la maza”, es la rabia pagana de la idea abriendo-se el
paso, -embriagando con el vértigo del vino malo-, delata sutilmente una dulzona
españolidad.
La razón poética susurra un canturreo
zigzagueante, lo desliza entre vocales y
consonantes, resucita las voces caídas
al abismo, les restablece la necesaria profundidad del anonimato, parada al borde,
justo en el límite de la lengua toda, posa sus ojos en el interior de su
“aireada habitación vacía” y dice: veo
una voz, “un surco en el aire” , veo el candor de un posible grito disponible, veo regresar lo
escuchado que fue parloteado cierta vez, lo que veo es el Regreso que regresa a las
palabras inflamables.
La parte sensible de lo neutro se llama razón poética. Experiencia de disponibilidad, que se introduce desde la total y más fatal ambigüedad, ingrediente alimenticio, inevitable, refinado bocado para degustar, ingresa en la gastronomía de lo imprevisible como “sabor blanco”, “huella in-definible que se desvanece, pero que detectamos por sus efectos”, acontecimiento níveo- tejido saturado de afinidades.
Cuando la razón poética es centro de gravedad sinfónico, ilumina de creatividad los lugares controversiales de dramaturgia grupal. Aquello ocre otoñal, que parece quedar por fuera o en lejana cercanía, por molecular e insignificante, retornará como experiencia residual, se potenciará en su fragmentación, y revelará con un guiño pícaro, lo interactivo de las huellas, los girones y las cenizas.
La razón poética se ofrece como agenciamiento para estallar las alternancias binarias como posibilidades únicas, como mecanismos de control del si/no, desmonta la “Binariez”, creando una dramaturgia de la improvisación “rizomatizante”. En un pase de magia hace desaparecer la barra cisurante del sí y no para fundir ambos monosílabos cómo “Sino”, des-tino in-cierto, im-pro-visto, cartografiante del asombro y devenires.
La razón poética, anda a los “Palos”, pero no en su acepción de Basto,-maza de madera disciplinante- sino como género, estilo andaluz de Cante Jondo, hondura que "después de unas cuantas rondas de manzanilla, canta lo gitano, agarrando a los cuerpos por la garganta con su voz, sus gestos y las palabras de sus coplas. Canto de un bronco animal herido, por la poética del lenguaje. Un canto a contracorriente de lo conocido tal como San Juan de la Cruz, en el prólogo de la "Subida del Monte Carmelo":"ni basta ciencia humana para lo saber entender, ni experiencia para lo saber decir, porque sólo el que por ello pasa lo sabrá sentir, mas no decir.
Lo “poético” es acción disociadora, raíz misma de todo acto creador. Disociación que no destruye, que se limita a producir una indeterminación parecida al caos”. Canilla abierta a los encadenamientos, flujos, imágenes, texturas literarias siempre dispuestas a ser otra cosa y otra cosa y otra cosa y así, sucesivamente.
Cuando la razón poética se hace “neutralgia” pone a funcionar el maquinismo donde lo grupal se contamina con un trazo poético de erotismo, que multiplica los planos narrativos, una superficie polifónica de balbuceos, de estados de atravesamiento asociativos superpuestos, volátiles y efímeros.
La razón poética carece de legalidad teórica e implicación instrumental, se textualiza por los “entremedios”, trata de fundar des-territorios que des-activen los modelos de control, con la presunción de crear instantes privilegiados donde producir acontecimientos.
La razón poética, revela su condición de “palimpsesto de lo grupal”, corta transversalmente los estratos yuxtapuestos de la multiplicidad de narraciones, poniendo al descubierto su movimiento iterativo de banda de moebius, continuo borrado y re-escritura. Diástole y sístole, ajetreo cardiaco del habla, latido hipertenso de la lingüística.
La razón poética es el “artificio necesario” para deconstruir el determinismo causa-efecto.
.
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lunes, 5 de mayo de 2014
Práctico 05-05-14: La lotería de Babilonia
Actividad - En cinco líneas definir quiénes- qué somos.// Cuestionamiento de la idea de sujeto.
Resonancias de la actividad: Dificultosa... ¿Dónde está la dificultad? En lo IDENTITARIO. En escribir esas narraciones de aquello que llamamos yo. El YO no es más que una ficción.
Este ejercicio pone en cuestionamiento aquellos atributos que son fijos.
Atributo: Lugar del acontecimiento. LO (lo ubica en otro lugar) = Figuras de sujeto.
Identidad: 2 aspectos: 1) Fijo: como el DNI.
2) El de las potencias: "Lo que un cuerpo puede" (Deleuze). Es lo que un cuerpo hace.
- Si lo grupal es sin sujeto, también es sin identidad.
¿Por qué narración de ficción? Narración como producto de una invención.
Identidad como un descubrimiento a través de los atributos. En la experiencia cotidiana de vivir narramos aquello que es constitutivo de nuestro ser (atravesado por esas dos variables: lo fijo y lo qué habitamos).
Ficción = Invención = Inventum. Invención en relación a la identidad es un emergente de una colisión de fuerzas distintas que atraviesan en la experiencia diaria.
AFECTACIÓN Y EFECTUACIÓN
Distintos aspectos: fijos e inamovibles.
Ideas que van cambiando en el acto del devenir. No somos de una manera sino que mutamos según los acontecimientos que enfrentamos.
Identidad
-Arístóteles
A = A --- Cada individuo es identico a si mismo. "Soy así". Acá no habría devenir.
-Hegel: agregó la idea de la contradicción. A = A y además uno puede ser un montón de cosas más. Entonces se es no siendo. A distinto de A. "Soy este que soy y al mismo tiempo hay cosas que no soy". Acá habría devenir.
-Foucault, Derrida, Nietzche...
Identidad como multiplicidades que se construyen e inventan a través de los distintos modos que los individuos son atravesados por distintas fuerzas. = PRODUCCIÓN DE SUBJETIVIDAD
Una persona que no puede romper la trama de los acontecimientos está capturado por el sentido común. --- Idea clínica: no decirle a alguien lo que es sino lo que puede; posibilitar el movimiento. La clínica: romper la trama de los lugares en los que un sujeto queda capturado.
Identidad es una ficción de nuestro Yo. Yo es un inquilino; un pensamiento que me piensa.
Ej.:
Florencia es mujer y novia y amiga
Florencia = sujeto.
Es= verbo
Mujer y novia y amiga= acontecimiento. El predicado se ubica en el lugar de acontecimiento
Romper la estructura gramática es un acto clínico: lo femenino, lo noviazgo, lo amistoso habita en Florencia. Ya no importa Florencia como un lugar fijo sino las figuras que son habitadas por...; figuras que son atravesadas por un cuerpo.
Romper el campo de las certezas para abrir el campo de las posibilidades.
Texto: El azar como figura de sujeto. M. Percia (con linkeamiento con La loteria)
Sorteo: mecanismo por el cual se pone en juego la multiplicidad. Cartografía.
Compañia como un Dios.
No hay lugares fijos de absoluta certeza, es necesario cierto movimiento.
La lotería en si es un acontecimiento blanco porque se diversifica en acontecimientos.
La existencia como un lugar de incertidumbre. La incertidumbre de una existencia.
Habitamos potencias.
Azar= pharmakon= sorteo, al mismo tiempo que ordena posibilita el caos.
sábado, 3 de mayo de 2014
LUIGI PIRANDELLO UNO, NINGUNO Y CIEN MIL
mimujer y mi na r i z
—¿Qué haces?—me preguntó mi mujer al ver que me
entretenía de manera inusitada delante del espejo.
—Nada—le respondí—, me estoy mirando dentro de
la nariz, en esta aleta. Al apretarme, noto un dolorcillo.
—Creía que te mirabas de qué lado la tienes torcida.
Me volví como un perro al que hubieran pisado el
rabo.
—¿La tengo torcida? ¿Yo? ¿La nariz?
A lo que mi mujer repuso tan tranquila:
—Pues sí, querido. Míratela bien: la tienes torcida
hacia la derecha.
Tenía yo veintiocho años y hasta entonces siempre había
considerado mi nariz, si no propiamente bonita, al menos
muy presentable, igual que el resto de partes de mi
persona. Por ello me había sido fácil admitir y sostener
lo que acostumbran a admitir y sostener todos aquellos
que no han tenido la desgracia de recibir en suerte un
cuerpo deforme, es decir, que es de necios envanecerse
de las propias facciones. Por eso, el descubrimiento imprevisto
e inesperado de aquel defecto me irritó como si
fuera un castigo inmerecido.
Quizá mi mujer vio mucho más profundamente que
yo en aquella irritación mía y se apresuró a añadir que, si
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me preciaba de no tener el menor defecto, no tardaría en
desengañarme, porque, así como la nariz la tenía torcida
hacia la derecha, del mismo modo...
—¿Qué más?
¡Ah, más, más cosas! Mis cejas parecían, sobre los
ojos, dos acentos circunflejos, ˆ ˆ, mis orejas estaban como
mal pegadas, sobresaliendo una más que la otra; y
otros defectos...
—¿Más aún?
Pues sí, más aún: en las manos, el dedo meñique; y en
las piernas (¡no, torcidas no!), la derecha, un poquito
más arqueada que la izquierda: hacia la rodilla, un poquito.
Tras un atento examen hube de reconocer que todos
estos defectos eran ciertos. Y sólo entonces mi mujer, tomando
sin duda por dolor y humillación el asombro que
sentí inmediatamente después de la irritación, con el fin
de consolarme me exhortó a que no me afligiera demasiado
por ello, pues incluso con estos defectos seguía siendo,
a fin de cuentas, un hombre apuesto.
Desafío a no irritarse a quien reciba como concesión
graciosa lo que antes le ha sido negado como derecho.
Solté un venenosísimo «gracias» y, convencido de no tener
ningún motivo para sentirme afligido ni humillado,
no di ninguna importancia a esos leves defectos, pero sí
una grandísima y extraordinaria al hecho de que durante
muchos años había vivido sin cambiar nunca de
nariz, siempre con ésa, y con esas cejas y esas orejas, esas
manos y esas piernas, y que tenía que haber esperado a
tomar mujer para darme cuenta de que las tenía defectuosas.
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—¡Uh, pues vaya sorpresa! ¿No sabemos todos cómo
son las mujeres? Están hechas que ni pintadas para
descubrir los defectos del marido.
Sí, claro, las mujeres, no lo niego. Pero también yo, si
me lo permitís, en aquella época era de tal manera que,
ante cualquier palabra o mosca que volara, me sumía en
abismos de reflexión y de consideraciones que me minaban
por dentro y perforaban mi espíritu por el derecho y
por el revés, como una topera; sin dejar que nada de ello
se trasluciera.
—Se ve—diréis vosotros—que tenías todo el tiempo
del mundo que perder.
No, no. Era por el estado de ánimo en que me encontraba.
Pero, por lo demás, sí, también por mi ociosidad,
no lo niego. Rico como era, dos amigos de confianza,
Sebastiano Quantorzo y Stefano Firbo, se ocupaban
de mis asuntos tras la muerte de mi padre; el cual, por
más que lo había intentado, por las buenas y por las malas,
no había conseguido hacerme terminar nunca nada,
excepto, eso sí, casarme muy joven, acaso con la esperanza
de que al menos tuviera pronto un hijo que no se
me pareciera en nada; y, pobre hombre, ni siquiera esto
pudo conseguir de mí.
Pero, cuidado, no es que opusiera yo resistencia a seguir
el camino por el que mi padre me encaminaba. Los
seguía todos. Pero avanzar, lo que se dice avanzar, no lo
hacía. Me detenía a cada paso; me ponía primero de lejos,
luego cada vez más cerca, a dar vueltas en torno a
cualquier piedrecita que encontrara, no sin gran asombro
de que los demás pudieran pasar de largo sin prestar
atención a esa priedrecita que para mí, mientras tanto,
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había adquirido las proporciones de una montaña insuperable,
o mejor dicho, de un mundo en el que hubiera
podido quedarme sin duda a vivir.
Y así me había quedado parado al comienzo de muchos
caminos, con mi mente rebosante de mundos, o de
piedrecitas, que viene a ser lo mismo. Pero no me parecía
en absoluto que aquellos que se me habían adelantado
y recorrido todo el camino supieran sustancialmente
más que yo. Se me habían adelantado, de eso no cabe duda,
y briosos cual potrillos; pero luego, al final del camino,
habían encontrado un carro: su carro, al que les habían
uncido con mucha paciencia, y ahora tiraban de él.
Yo, en cambio, no tiraba de ningún carro, y por eso no
llevaba ni riendas ni anteojeras; tenía mucha más vista
que ellos; pero ir, no sabía adónde ir.
Ahora bien, volviendo al descubrimiento de esos leves
defectos, me sumí, así pues, de inmediato, en la reflexión
de que no conocía bien—¿era posible?—ni siquiera mi
propio cuerpo, todo aquello que me pertenecía de forma
más íntima: la nariz, las orejas, las manos, las piernas. Y
volvía a mirármelas para someterlas a un nuevo escrutinio.
Y así comenzaron mis males. Esos males que en poco
tiempo habían de reducirme a un estado mental y físico
tan deplorable y desesperado, que sin duda me hubiera
muerto o vuelto loco de no haber encontrado (como contaré)
el remedio que había de curarme.
14
i i
¿y vuestr a na r i z ?
Ya en seguida me figuré que todos, puesto que mi mujer
los había descubierto, todos debían de darse cuenta
de mis defectos físicos y que no advertían en mí nada
más.
—¿Qué, me miras la nariz?—le pregunté de sopetón
ese mismo día a un amigo que se me había acercado para
hablarme de no sé qué asunto de su interés.
—No. ¿Por qué?—me dijo él.
Y yo, sonriendo nerviosamente, respondí:
—La tengo torcida hacia la derecha, ¿no lo ves?
Y le obligué a una detenida y atenta observación, como
si aquel defecto fuera una avería irreparable que se
hubiera producido en el mecanismo del universo.
Mi amigo me miró un tanto asombrado; luego, sospechando
sin duda que había sacado tan de repente y sin
venir a cuento la cuestión de mi nariz porque no consideraba
digno de atención y de respuesta el asunto del que
él me hablaba, se encogió de hombros e hizo ademán de
largarse para dejarme plantado. Yo le cogí por un brazo
y le dije:
—No, quiero que sepas que estoy dispuesto a hablar
contigo de ese asunto; pero en este momento debes disculparme.
—¿Piensas en tu nariz?
—Nunca había advertido que la tenía torcida hacia la
derecha. Esta mañana, mi mujer ha hecho que me diera
cuenta de ello.
—¿De veras?—me preguntó entonces mi amigo; y en
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sus ojos se reflejó una incredulidad que tenía también algo
de burla.
Me quedé mirándolo igual que a mi mujer por la mañana,
es decir, con una mezcla de humillación, de irritación
y de asombro. Entonces, ¿también él hacía tiempo
que lo había notado? ¡Y quién sabe cuántos con él! Y yo
no lo sabía, y al no saberlo, creía que para todos era yo un
Moscarda con la nariz recta, cuando, por el contrario, para
todos yo era un Moscarda con la nariz torcida; y quién
sabe cuántas veces había hablado, inocentemente, de la
nariz defectuosa de Fulanito y de Menganito y cuántas
veces por eso no habría hecho reír a los demás y pensar:
«¡Pero mira a ese pobre hombre que habla de los defectos
de la nariz ajena!»
Verdad es que hubiera podido consolarme pensando
que, al fin y al cabo, mi nariz era normal y corriente, lo
cual venía a demostrar una vez más un hecho archisabido,
o sea, que notamos fácilmente la paja en el ojo ajeno
pero no la viga en el propio. Pero el primer germen del
mal había comenzado a echar raíces en mi espíritu y no
pude consolarme con esta reflexión.
En cambio, me obsesioné pensando que yo no era para
los demás aquel que hasta entonces, para mí, me había
figurado ser.
Por el momento pensé sólo en el cuerpo y, como aquel
amigo seguía plantado delante de mí con aquel aire de
burlona incredulidad, para vengarme le pregunté si él,
por su parte, sabía que tenía en la barbilla un hoyuelo
que se la dividía en dos partes no del todo iguales; una
más prominente de un lado y otra más rehundida del
otro.
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—¿Yo? ¡Qué va!—exclamó mi amigo—. Ya sé que
tengo el hoyuelo, pero no como tú dices.
—Entremos en esa barbería y verás—le propuse al
instante.
Cuando mi amigo, una vez que hubo entrado en la
barbería, advirtió asombrado el defecto y reconoció que
era cierto, no quiso dar muestras de irritación por ello;
dijo que eso, a fin de cuentas, era una nimiedad.
Sí, claro, una nimiedad, sin duda; sin embargo, vi, siguiéndole
de lejos, que se detenía primero delante de un
escaparate, y acto seguido delante de otro; y más allá aún
y durante más rato, por tercera vez, ante el espejo de una
puerta cristalera para mirarse la barbilla; y estoy seguro
de que, apenas llegar a su casa, se fue corriendo hasta el
armario de luna para tomar nueva conciencia más cómodamente
delante de aquel otro espejo de ese nuevo defecto.
Y no me cabe la más mínima duda de que, para
vengarse a su vez, o bien para seguir con una broma que
le pareció merecía una más amplia difusión en la ciudad,
tras haber preguntado a algún amigo (como yo a él) si había
notado alguna vez aquel defecto en su barbilla, debió
de descubrir él algún otro defecto en la frente o en la boca
de ese amigo suyo, el cual, a su vez...—¡pues sí!, ¡pues
sí!—me atrevería a jurar que durante varios días seguidos
en la noble ciudad de Richieri1 yo vi (si es que no
eran imaginaciones mías) a un número muy considerable
de conciudadanos míos pasar de un escaparate a otro y
pararse delante de cada uno de ellos para observarse, en
17
1 Topónimo imaginario frecuente en la obra de Pirandello. (N.
del T.)
la cara, uno un pómulo, otro la comisura de un ojo, un
tercero el lóbulo de una oreja y otros una aleta de la nariz.
E incluso al cabo de una semana se me acercó uno
con aire perdido para preguntarme si era cierto que, cada
vez que se ponía a hablar, contraía sin advertirlo el
párpado del ojo izquierdo.
—Sí, amigo—le respondí yo precipitadamente—. Y,
¿ves?, yo la nariz la tengo torcida hacia la derecha; pero lo
sé por mí mismo; no hace falta que tú me lo digas. ¿Y qué
me dices de las cejas? ¡Las tengo en forma de acento circunflejo!
Las orejas, mira, tengo ésta más salida que la otra;
y aquí tienes las manos, planas, ¿eh? Y la juntura deformada
de este meñique. ¿Y qué me dices de mis piernas? ¿Te
parece que ésta es como la otra? No, ¿eh? Pero lo sé por mí
mismo y no necesito que tú me lo digas. Que te vaya bien.
Le dejé plantado y me fui. A los pocos pasos oí que
me llamaba de nuevo:
—¡Pss!
De lo más tranquilo, con el dedo, me pedía que me
acercara para preguntarme:
—Perdona, ¿tuvo tu madre, después de ti, algún otro
hijo?
—No, ni antes ni después—le respondí yo—. Soy hijo
único. ¿Por qué lo dices?
—Porque—me respondió él—si tu madre hubiera tenido
otro hijo, habría sido sin duda otro varón.
—¿Ah, sí? ¿Y tú cómo lo sabes?
—Porque dicen las mujeres de pueblo que cuando a
un recién nacido le terminan los pelos del cogote en una
coletita como la que tú tienes aquí, el que nazca a continuación
será varón.
18
Me llevé la mano al cogote y con una sonrisa maliciosa
le pregunté:
—¡Ah, así que tengo una...! ¿Cómo has dicho?
Y él me contestó:
—Una coletita, así la llaman en Richieri.
—¡Oh, pero sí esto no es nada!—exclamé yo—. ¡Puedo
hacérmela cortar!
Él negó primero con el dedo y luego manifestó:
—Por más que te la hagas cortar, siempre queda la
señal, amigo.
Y esta vez fue él quien me dejó plantado a mí.
i i i
¡ boni ta mane ra de estar solos!
A partir de aquel día ardí en deseos de estar solo, al menos
durante una hora. Pero lo cierto es que, más que de un
deseo, se trataba de una necesidad: una necesidad aguda,
apremiante, desazonante, que la presencia o proximidad
de mi mujer exasperaba hasta la rabia.
—¿Oíste, Gengè,2 lo que dijo ayer Michelina? Quantorzo
ha de hablar contigo urgentemente.
—Dime, Gengè, si se me ven las piernas al ponerme la
falda así.
—Se ha parado el reloj de péndulo, Gengè.
—Gengè, ¿no sacas ya a la perrita? Luego dices que
19
2 Mi mujer había sacado de Vitangelo, que tal por desgracia es mi
nombre, este diminutivo, y me llamaba así; no sin razón, como se verá.
(N. del A.)
—¿Qué haces?—me preguntó mi mujer al ver que me
entretenía de manera inusitada delante del espejo.
—Nada—le respondí—, me estoy mirando dentro de
la nariz, en esta aleta. Al apretarme, noto un dolorcillo.
—Creía que te mirabas de qué lado la tienes torcida.
Me volví como un perro al que hubieran pisado el
rabo.
—¿La tengo torcida? ¿Yo? ¿La nariz?
A lo que mi mujer repuso tan tranquila:
—Pues sí, querido. Míratela bien: la tienes torcida
hacia la derecha.
Tenía yo veintiocho años y hasta entonces siempre había
considerado mi nariz, si no propiamente bonita, al menos
muy presentable, igual que el resto de partes de mi
persona. Por ello me había sido fácil admitir y sostener
lo que acostumbran a admitir y sostener todos aquellos
que no han tenido la desgracia de recibir en suerte un
cuerpo deforme, es decir, que es de necios envanecerse
de las propias facciones. Por eso, el descubrimiento imprevisto
e inesperado de aquel defecto me irritó como si
fuera un castigo inmerecido.
Quizá mi mujer vio mucho más profundamente que
yo en aquella irritación mía y se apresuró a añadir que, si
11
me preciaba de no tener el menor defecto, no tardaría en
desengañarme, porque, así como la nariz la tenía torcida
hacia la derecha, del mismo modo...
—¿Qué más?
¡Ah, más, más cosas! Mis cejas parecían, sobre los
ojos, dos acentos circunflejos, ˆ ˆ, mis orejas estaban como
mal pegadas, sobresaliendo una más que la otra; y
otros defectos...
—¿Más aún?
Pues sí, más aún: en las manos, el dedo meñique; y en
las piernas (¡no, torcidas no!), la derecha, un poquito
más arqueada que la izquierda: hacia la rodilla, un poquito.
Tras un atento examen hube de reconocer que todos
estos defectos eran ciertos. Y sólo entonces mi mujer, tomando
sin duda por dolor y humillación el asombro que
sentí inmediatamente después de la irritación, con el fin
de consolarme me exhortó a que no me afligiera demasiado
por ello, pues incluso con estos defectos seguía siendo,
a fin de cuentas, un hombre apuesto.
Desafío a no irritarse a quien reciba como concesión
graciosa lo que antes le ha sido negado como derecho.
Solté un venenosísimo «gracias» y, convencido de no tener
ningún motivo para sentirme afligido ni humillado,
no di ninguna importancia a esos leves defectos, pero sí
una grandísima y extraordinaria al hecho de que durante
muchos años había vivido sin cambiar nunca de
nariz, siempre con ésa, y con esas cejas y esas orejas, esas
manos y esas piernas, y que tenía que haber esperado a
tomar mujer para darme cuenta de que las tenía defectuosas.
12
—¡Uh, pues vaya sorpresa! ¿No sabemos todos cómo
son las mujeres? Están hechas que ni pintadas para
descubrir los defectos del marido.
Sí, claro, las mujeres, no lo niego. Pero también yo, si
me lo permitís, en aquella época era de tal manera que,
ante cualquier palabra o mosca que volara, me sumía en
abismos de reflexión y de consideraciones que me minaban
por dentro y perforaban mi espíritu por el derecho y
por el revés, como una topera; sin dejar que nada de ello
se trasluciera.
—Se ve—diréis vosotros—que tenías todo el tiempo
del mundo que perder.
No, no. Era por el estado de ánimo en que me encontraba.
Pero, por lo demás, sí, también por mi ociosidad,
no lo niego. Rico como era, dos amigos de confianza,
Sebastiano Quantorzo y Stefano Firbo, se ocupaban
de mis asuntos tras la muerte de mi padre; el cual, por
más que lo había intentado, por las buenas y por las malas,
no había conseguido hacerme terminar nunca nada,
excepto, eso sí, casarme muy joven, acaso con la esperanza
de que al menos tuviera pronto un hijo que no se
me pareciera en nada; y, pobre hombre, ni siquiera esto
pudo conseguir de mí.
Pero, cuidado, no es que opusiera yo resistencia a seguir
el camino por el que mi padre me encaminaba. Los
seguía todos. Pero avanzar, lo que se dice avanzar, no lo
hacía. Me detenía a cada paso; me ponía primero de lejos,
luego cada vez más cerca, a dar vueltas en torno a
cualquier piedrecita que encontrara, no sin gran asombro
de que los demás pudieran pasar de largo sin prestar
atención a esa priedrecita que para mí, mientras tanto,
13
había adquirido las proporciones de una montaña insuperable,
o mejor dicho, de un mundo en el que hubiera
podido quedarme sin duda a vivir.
Y así me había quedado parado al comienzo de muchos
caminos, con mi mente rebosante de mundos, o de
piedrecitas, que viene a ser lo mismo. Pero no me parecía
en absoluto que aquellos que se me habían adelantado
y recorrido todo el camino supieran sustancialmente
más que yo. Se me habían adelantado, de eso no cabe duda,
y briosos cual potrillos; pero luego, al final del camino,
habían encontrado un carro: su carro, al que les habían
uncido con mucha paciencia, y ahora tiraban de él.
Yo, en cambio, no tiraba de ningún carro, y por eso no
llevaba ni riendas ni anteojeras; tenía mucha más vista
que ellos; pero ir, no sabía adónde ir.
Ahora bien, volviendo al descubrimiento de esos leves
defectos, me sumí, así pues, de inmediato, en la reflexión
de que no conocía bien—¿era posible?—ni siquiera mi
propio cuerpo, todo aquello que me pertenecía de forma
más íntima: la nariz, las orejas, las manos, las piernas. Y
volvía a mirármelas para someterlas a un nuevo escrutinio.
Y así comenzaron mis males. Esos males que en poco
tiempo habían de reducirme a un estado mental y físico
tan deplorable y desesperado, que sin duda me hubiera
muerto o vuelto loco de no haber encontrado (como contaré)
el remedio que había de curarme.
14
i i
¿y vuestr a na r i z ?
Ya en seguida me figuré que todos, puesto que mi mujer
los había descubierto, todos debían de darse cuenta
de mis defectos físicos y que no advertían en mí nada
más.
—¿Qué, me miras la nariz?—le pregunté de sopetón
ese mismo día a un amigo que se me había acercado para
hablarme de no sé qué asunto de su interés.
—No. ¿Por qué?—me dijo él.
Y yo, sonriendo nerviosamente, respondí:
—La tengo torcida hacia la derecha, ¿no lo ves?
Y le obligué a una detenida y atenta observación, como
si aquel defecto fuera una avería irreparable que se
hubiera producido en el mecanismo del universo.
Mi amigo me miró un tanto asombrado; luego, sospechando
sin duda que había sacado tan de repente y sin
venir a cuento la cuestión de mi nariz porque no consideraba
digno de atención y de respuesta el asunto del que
él me hablaba, se encogió de hombros e hizo ademán de
largarse para dejarme plantado. Yo le cogí por un brazo
y le dije:
—No, quiero que sepas que estoy dispuesto a hablar
contigo de ese asunto; pero en este momento debes disculparme.
—¿Piensas en tu nariz?
—Nunca había advertido que la tenía torcida hacia la
derecha. Esta mañana, mi mujer ha hecho que me diera
cuenta de ello.
—¿De veras?—me preguntó entonces mi amigo; y en
15
sus ojos se reflejó una incredulidad que tenía también algo
de burla.
Me quedé mirándolo igual que a mi mujer por la mañana,
es decir, con una mezcla de humillación, de irritación
y de asombro. Entonces, ¿también él hacía tiempo
que lo había notado? ¡Y quién sabe cuántos con él! Y yo
no lo sabía, y al no saberlo, creía que para todos era yo un
Moscarda con la nariz recta, cuando, por el contrario, para
todos yo era un Moscarda con la nariz torcida; y quién
sabe cuántas veces había hablado, inocentemente, de la
nariz defectuosa de Fulanito y de Menganito y cuántas
veces por eso no habría hecho reír a los demás y pensar:
«¡Pero mira a ese pobre hombre que habla de los defectos
de la nariz ajena!»
Verdad es que hubiera podido consolarme pensando
que, al fin y al cabo, mi nariz era normal y corriente, lo
cual venía a demostrar una vez más un hecho archisabido,
o sea, que notamos fácilmente la paja en el ojo ajeno
pero no la viga en el propio. Pero el primer germen del
mal había comenzado a echar raíces en mi espíritu y no
pude consolarme con esta reflexión.
En cambio, me obsesioné pensando que yo no era para
los demás aquel que hasta entonces, para mí, me había
figurado ser.
Por el momento pensé sólo en el cuerpo y, como aquel
amigo seguía plantado delante de mí con aquel aire de
burlona incredulidad, para vengarme le pregunté si él,
por su parte, sabía que tenía en la barbilla un hoyuelo
que se la dividía en dos partes no del todo iguales; una
más prominente de un lado y otra más rehundida del
otro.
16
—¿Yo? ¡Qué va!—exclamó mi amigo—. Ya sé que
tengo el hoyuelo, pero no como tú dices.
—Entremos en esa barbería y verás—le propuse al
instante.
Cuando mi amigo, una vez que hubo entrado en la
barbería, advirtió asombrado el defecto y reconoció que
era cierto, no quiso dar muestras de irritación por ello;
dijo que eso, a fin de cuentas, era una nimiedad.
Sí, claro, una nimiedad, sin duda; sin embargo, vi, siguiéndole
de lejos, que se detenía primero delante de un
escaparate, y acto seguido delante de otro; y más allá aún
y durante más rato, por tercera vez, ante el espejo de una
puerta cristalera para mirarse la barbilla; y estoy seguro
de que, apenas llegar a su casa, se fue corriendo hasta el
armario de luna para tomar nueva conciencia más cómodamente
delante de aquel otro espejo de ese nuevo defecto.
Y no me cabe la más mínima duda de que, para
vengarse a su vez, o bien para seguir con una broma que
le pareció merecía una más amplia difusión en la ciudad,
tras haber preguntado a algún amigo (como yo a él) si había
notado alguna vez aquel defecto en su barbilla, debió
de descubrir él algún otro defecto en la frente o en la boca
de ese amigo suyo, el cual, a su vez...—¡pues sí!, ¡pues
sí!—me atrevería a jurar que durante varios días seguidos
en la noble ciudad de Richieri1 yo vi (si es que no
eran imaginaciones mías) a un número muy considerable
de conciudadanos míos pasar de un escaparate a otro y
pararse delante de cada uno de ellos para observarse, en
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1 Topónimo imaginario frecuente en la obra de Pirandello. (N.
del T.)
la cara, uno un pómulo, otro la comisura de un ojo, un
tercero el lóbulo de una oreja y otros una aleta de la nariz.
E incluso al cabo de una semana se me acercó uno
con aire perdido para preguntarme si era cierto que, cada
vez que se ponía a hablar, contraía sin advertirlo el
párpado del ojo izquierdo.
—Sí, amigo—le respondí yo precipitadamente—. Y,
¿ves?, yo la nariz la tengo torcida hacia la derecha; pero lo
sé por mí mismo; no hace falta que tú me lo digas. ¿Y qué
me dices de las cejas? ¡Las tengo en forma de acento circunflejo!
Las orejas, mira, tengo ésta más salida que la otra;
y aquí tienes las manos, planas, ¿eh? Y la juntura deformada
de este meñique. ¿Y qué me dices de mis piernas? ¿Te
parece que ésta es como la otra? No, ¿eh? Pero lo sé por mí
mismo y no necesito que tú me lo digas. Que te vaya bien.
Le dejé plantado y me fui. A los pocos pasos oí que
me llamaba de nuevo:
—¡Pss!
De lo más tranquilo, con el dedo, me pedía que me
acercara para preguntarme:
—Perdona, ¿tuvo tu madre, después de ti, algún otro
hijo?
—No, ni antes ni después—le respondí yo—. Soy hijo
único. ¿Por qué lo dices?
—Porque—me respondió él—si tu madre hubiera tenido
otro hijo, habría sido sin duda otro varón.
—¿Ah, sí? ¿Y tú cómo lo sabes?
—Porque dicen las mujeres de pueblo que cuando a
un recién nacido le terminan los pelos del cogote en una
coletita como la que tú tienes aquí, el que nazca a continuación
será varón.
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Me llevé la mano al cogote y con una sonrisa maliciosa
le pregunté:
—¡Ah, así que tengo una...! ¿Cómo has dicho?
Y él me contestó:
—Una coletita, así la llaman en Richieri.
—¡Oh, pero sí esto no es nada!—exclamé yo—. ¡Puedo
hacérmela cortar!
Él negó primero con el dedo y luego manifestó:
—Por más que te la hagas cortar, siempre queda la
señal, amigo.
Y esta vez fue él quien me dejó plantado a mí.
i i i
¡ boni ta mane ra de estar solos!
A partir de aquel día ardí en deseos de estar solo, al menos
durante una hora. Pero lo cierto es que, más que de un
deseo, se trataba de una necesidad: una necesidad aguda,
apremiante, desazonante, que la presencia o proximidad
de mi mujer exasperaba hasta la rabia.
—¿Oíste, Gengè,2 lo que dijo ayer Michelina? Quantorzo
ha de hablar contigo urgentemente.
—Dime, Gengè, si se me ven las piernas al ponerme la
falda así.
—Se ha parado el reloj de péndulo, Gengè.
—Gengè, ¿no sacas ya a la perrita? Luego dices que
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2 Mi mujer había sacado de Vitangelo, que tal por desgracia es mi
nombre, este diminutivo, y me llamaba así; no sin razón, como se verá.
(N. del A.)
El falso autostop Milán Kundera - El libro de los amores ridículos-
Milán Kundera - El libro de los
amores ridículos-
1
La manecilla del nivel de la gasolina cayó de pronto a cero y el joven conductor del coupé afirmó que era cabreante lo que tragaba aquel coche.
—A ver si nos vamos a quedar otra vez sin gasolina —dijo la chica (que tenía unos veintidós años) y le recordó al conductor unos cuantos sitios del mapa del país en los que ya les había sucedido lo mismo.
El joven respondió que él no tenía motivo alguno para preocuparse porque todo lo que le sucedía estando con ella adquiría el encanto de la aventura. La chica protestó; siempre que se les había acabado la gasolina en medio de la carretera, la aventura había sido sólo para ella, porque el joven se había escondido y ella había tenido que utilizar sus encantos: hacer autoestop a algún coche, pedir que la llevasen hasta la gasolinera más próxima, volver a parar otro coche y regresar con el bidón. El joven le preguntó si los conductores que la habían llevado habían sido tan desagradables como para que ella hablase de su misión como de una humillación. Ella respondió (con pueril coquetería) que a veces habían sido muy agradables, pero que no había podido sacar provecho alguno porque iba cargada con el bidón y había tenido además que despedirse de ellos antes de que le diera tiempo de nada.
—Miserable —le dijo el joven.
La chica afirmó que la miserable no era ella, sino precisamente él; ¡quién sabe cuántas chicas le hacen autoestop en la carretera cuando conduce solo! El joven cogió a la chica del hombro y le dio un suave beso en la frente. Sabía que ella lo quería y que tenía celos de él. Claro que ser celoso no es una cualidad muy agradable, pero, si no se emplea en exceso (si va unida a la humildad), presenta, además de su natural incomodidad, cierto aspecto enternecedor. Al menos eso era lo que el joven creía. Como no tenía más que veintiocho años, le parecía que era muy mayor y que había aprendido ya todo lo que un hombre puede saber de las mujeres. Lo que más apreciaba de la chica que estaba sentada a su lado era precisamente aquello que hasta entonces había encontrado con menor frecuencia en las mujeres: su pureza.
La manecilla ya estaba a cero cuando el joven vio a la derecha un cartel que indicaba (con un dibujo en negro de un surtidor) que la gasolinera estaba a quinientos metros. La chica apenas tuvo tiempo de afirmar que se había quitado un peso de encima, cuando el joven ya estaba poniendo el intermitente de la izquierda y entrando en la explanada en la que estaban los surtidores. Pero tuvo que detenerse a un lado porque, junto al surtidor, había un voluminoso camión con un gran depósito de metal que mediante una gruesa manguera llenaba de gasolina el depósito del surtidor.
—Vamos a tener que esperar un buen rato —le dijo el joven a la chica y salió del coche—. ¿Va a tardar mucho? —le preguntó a un hombre vestido con un mono azul.
—Un minuto —respondió el hombre.
Y el joven dijo:
—Ya veremos lo que dura un minuto.
Iba a volver al coche a sentarse pero vio que la chica salía por la otra puerta.
—Voy a aprovechar para ir a hacer una cosa —Dijo ella.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó el joven intencionadamente, porque quería ver la cara que iba a poner.
Hacía ya un año que la conocía y la chica aún era capaz de avergonzarse delante de él, y a él le encantaban esos instantes en los que ella sentía vergüenza; en primer lugar porque la diferenciaban de las mujeres con las que él se había relacionado antes de conocerla, en segundo lugar porque sabía que en este mundo todo es pasajero, y eso hacía que hasta la vergüenza de su chica fuera algo preciado para él.
2
A la chica realmente le desagradaban las ocasiones en las que tenía que pedirle (el joven conducía con frecuencia muchas horas sin parar) que se detuviese un momento junto a un bosquecillo. Siempre le daba rabia cuando él le preguntaba con fingido asombro por el motivo de la parada. Ella sabía que la vergüenza que sentía era ridícula y pasada de moda. En el trabajo había podido comprobar muchas veces que la gente se reía de su susceptibilidad y que la provocaban a propósito. Sentía siempre vergüenza anticipada sólo de pensar que iba a darle vergüenza. Con frecuencia deseaba poder sentirse libre dentro de su cuerpo, despreocupada y sin angustias, como lo hacía la mayoría de las mujeres a su alrededor. Hasta había llegado a inventarse un sistema especial de convencimiento pedagógico: se decía que cada persona recibía al nacer uno de los millones de cuerpos que estaban preparados, como si le adjudicasen una de los mill nes de habitaciones de un inmenso hotel; que aquel cuerpo era, por tanto, casual e impersonal; que era una cosa prestada y hecha en serie. Lo repetía una y otra vez, en distintas versiones, pero nunca era capaz de sentir de ese modo. Aquel dualismo del cuerpo y el alma le era ajeno. Ella misma era excesivamente su propio cuerpo, y por eso siempre lo sentía con angustia.
Con esa misma angustia se había aproximado también al joven a quien había conocido hacía un año y con el que era feliz quizá precisamente porque nunca separaba su cuerpo de su alma y con él podía vivir por entero. En aquella indivisión residía su felicidad, sólo que tras la felicidad siempre se agazapaba la sospecha, y la chica estaba llena de sospechas. Con frecuencia pensaba que las otras mujeres (las que no se angustiaban) eran más seductoras y atractivas, y que el joven, que no ocultaba que conocía bien a aquel tipo de mujeres, se le iría alguna vez con alguna de ellas. (Es cierto que el joven afirmaba que ya estaba harto de ese tipo de mujeres para el resto de su vida, pero la chica sabía que él era mucho más joven de lo que pensaba. ) Ella quería que fuese suyo por completo y ser ella por completo de él, pero con frecuencia le parecía que cuanto más trataba de dárselo todo, más le negaba algo: lo que da precisamente el amor carente de profundidad y superficial, lo que da el flirt. Sufría por no saber ser, además de seria, ligera.
Pero esta vez no sufría ni pensaba en nada de eso. Se sentía a gusto. Era su primer día de vacaciones (catorce días de vacaciones en los que durante todo el año había centrado su deseo), el cielo estaba azul (todo el año había estado preguntándose horrorizada si el cielo estaría verdaderamente azul) y él estaba con ella. A su «¿qué vas a hacer?» respondió ruborizándose y se alejó del coche sin decir palabra. Dejó a su lado la estación de servicio que estaba al borde de la carretera, completamente solitaria, en medio del campo; a unos cien metros de allí (en la misma dirección en la que iban) empezaba el bosque. Se dirigió hacia él, se escondió tras un arbusto y disfrutó durante todo ese tiempo de una sensación de satisfacción. (Es que hasta la alegría que produce la presencia del hombre a quien se ama se siente mejor a solas. Si la presencia de él fuera continua, sólo estaría presente en su constante transcurrir. Detenerla sólo es posible en los ratos de soledad. )
Después salió del bosque y se dirigió hacia la carretera; desde allí se veía la estación de servicio; el camión cisterna ya se había ido; el coche se había aproximado a la roja torrecilla del surtidor. La chica se puso a andar carretera adelante, mirando a ratos si ya venía. Luego lo vio, se detuvo y empezó a hacerle señas, tal como se las hacen los autoestopistas a los coches desconocidos. El coche frenó y se detuvo justo al lado de la chica. El joven se agachó hacia la ventanilla, la bajó, sonrió y preguntó:
—¿Adonde va, señorita?
—¿Va hacia Bystrica? —preguntó la chica y sonrió con coquetería.
—Pase, siéntese —el joven abrió la puerta. La chica se sentó y el coche se puso en marcha.
3
El joven siempre disfrutaba cuando su chica estaba alegre; no ocurría con frecuencia: tenía un trabajo bastante complicado, en un ambiente desagradable, con muchas horas extras; en casa, su madre estaba enferma, solía estar cansada; tampoco destacaba por la firmeza de sus nervios ni por su seguridad en sí mis ma, era víctima fácil de la angustia y el miedo. Por eso era capaz de recibir cualquier manifestación de alegría de ella con la ternura y el cuidado de un padre adoptivo. Le sonrió y dijo:
—Hoy estoy de suerte. Hace ya cinco años que conduzco pero nunca he llevado a una autoestopista tan guapa.
La chica le estaba agradecida al joven por cada una de las zalamerías que le hacía; tenía ganas de disfrutar un rato de aquella cálida sensación y por eso le dijo:
—Parece que sabe mentir muy bien.
—¿Tengo cara de mentiroso?
—Tiene cara de disfrutar mintiendo a las mujeres—dijo la chica y en su voz había un resto involuntario de la vieja angustia, porque creía realmente que a su joven le gustaba mentirles a las mujeres.
El joven ya se había sentido molesto algunas veces por los celos de la chica, pero esta vez podía pasarlos fácilmente por alto, porque la frase no iba dirigida a él, sino a un conductor desconocido. Por eso le respondió sin más:
—¿Eso le molesta?
—Si saliese con usted, me importaría —dijo la chica y había en ello un sutil mensaje al joven; pero el final de la frase iba dirigido ya al desconocido conductor—: Pero como a usted no le conozco, no me molesta.
—Las mujeres siempre encuentran muchos más defectos en su propio hombre que en los demás —ahora se trataba de un sutil mensaje pedagógico del joven a la chica—, pero ya que no tenemos nada que ver, podríamos entendernos bien.
La chica no tenía intención de entender el mensaje pedagógico subyacente y por eso se dirigió exclusivamente al conductor desconocido:
—¿Y qué, si dentro de un momento nos vamos a separar?
—¿Por qué?
—Porque en Bystrica me bajo.
—¿Y qué pasaría si yo me bajase con usted?
Al oír estas palabras la chica miró al joven y comprobó que tenía exactamente el aspecto que ella se imaginaba en sus más amargas horas de celos; se horrorizó al ver con qué coquetería la halagaba (a ella, a una autoestopista desconocida) y lo bien que le sentaba. Por eso le contestó en plan provocador:
—¿Y qué iba a hacer usted conmigo?
—Con una mujer tan guapa no necesitaría pensar demasiado qué hacer —dijo el joven, y en ese momento hablaba ya más para su chica que para la autoestopista.
Pero la chica sintió como si, al hacerle decir aquella frase halagadora, lo hubiera cogido por sorpresa, como si con un astuto truco lo hubiera obligado a confesar; tuvo un breve e intenso ataque de odio y dijo:
—¿No le parece que exagera?
El joven miró a su chica; aquella cara altiva estaba llena de tensión; sintió lástima por la chica y añoró su mirada habitual, familiar (de la que solía decir que era infantil y sencilla); se acercó a ella, pasó el brazo por su hombro y le susurró el nombre con que solía llamarla y con el que ahora pretendía acabar el juego.
Pero la chica le apartó y dijo:
—¡Me parece que va demasiado rápido!
El joven, al ser rechazado, dijo:
—Perdone señorita —y se puso a mirar fijamente la carretera.
4
Pero el dolor de los celos abandonó a la chica tan rápido como la había atacado. Al fin y al cabo era sensata y sabía que sólo se trataba de un juego; incluso le pareció un poco ridículo haber rechazado al joven sólo por la rabia que le producían los celos; no quería que él lo notase. Por suerte las mujeres tienen una habilidad mágica para modificar ex post el sentido de sus actos. De modo que utilizó esta habilidad y decidió que no lo había rechazado porque le hubiera dado rabia, sino para poder continuar con un juego que, por caprichoso, era tan adecuado para el primer día de vacaciones.
De manera que volvió a ser una autoestopista que acaba de rechazar a un conductor atrevido sólo para hacer la conquista más lenta y más excitante. Se volvió hacia el joven y le dijo con voz melosa:
—¡No era mi intención ofenderle!
—Perdone, no volveré a tocarla —dijo el joven.
Estaba enfadado con la chica por no haberle hecho caso y haberse negado a volver a ser ella misma cuando tanto lo deseaba; y como la chica seguía con su máscara, el joven le traspasó su enfado a la desconocida autoestopista que ella representaba; y así descubrió de pronto el carácter de su papel: abandonó la galantería con la que había pretendido halagar indirectamente a su chica y empezó a hacer de hombre duro que al dirigirse a las mujeres pone de relieve más bien los aspectos bastos de la masculinidad: la voluntad, el sarcasmo, la confianza en sí mismo.
Este papel era contradictorio con las atenciones que habitualmente le dedicaba el joven a la chica. Es verdad que antes de conocerla se comportaba con las mujeres de un modo más bien brusco que delicado, pero nunca había llegado a parecer un hombre demoníacamente duro porque no sobresalía ni por su fuerza de voluntad ni por su falta de miramientos. Pero si nunca lo había parecido, tanto más había deseado en otros tiempos parecerlo. Se trata seguramente de un deseo bastante ingenuo, pero qué se le va a hacer: los deseos infantiles salvan todos los obstáculos que les pone el espíritu maduro y con frecuencia perduran más que él, hasta la última vejez. Y aquel deseo infantil aprovechó rápidamente la oportunidad de asumir el papel que se le ofrecía.
A la chica le venía muy bien el distanciamiento sarcástico del joven: la liberaba de sí misma. Ella misma era, ante todo, celos. En el momento en que dejó de ver a su lado al joven galante que trataba de seducirla y vio su cara inaccesible, sus celos se acallaron. La chica podía olvidarse de sí misma y entregarse a su papel.
¿Su papel? ¿Cuál? Era un papel de literatura barata. Una autoestopista había parado un coche, no para que la llevase, sino para seducir al hombre que iba en el coche; era una seductora experimentada que dominaba estupendamente sus encantos. La chica se compenetró con aquel estúpido personaje de novela con una facilidad que a ella misma la dejó, acto seguido, sorprendida y encantada.
Y así iban en coche y charlaban; un conductor desconocido y una autoestopista desconocida.
5
No había nada que el joven hubiera echado tanto en falta en su vida como la despreocupación. La carretera de su vida había sido diseñada con despiadada severidad: su empleo no acababa con las ocho horas de trabajo diario, invadía también el resto de su tiempo con el aburrimiento obligado de las reuniones y del estudio en casa; invadía también, a través de la atención que le prestaban sus innumerables compañeros y compañeras, el escasísimo tiempo de su vida privada, que! nunca permanecía en secreto y que por lo demás se había convertido ya un par de veces en objeto de cotilleos y de debate público. Ni siquiera las dos semanas de vacaciones le brindaban una sensación de liberación y de aventura; hasta aquí llegaba la sombra gris de la severa planificación; la escasez de casas de veraneo en nuestro país le había obligado a reservar con medio año de antelación la habitación en los montes Tatra, para i lo cual había necesitado una recomendación del Comité de su empresa, cuya omnipresente alma no le perdía así la pista ni por un momento.
Ya se había hecho a la idea de todo aquello pero, de vez en cuando, tenía la horrible sensación de que le obligaban a ir por una carretera en la que todos le veían y de la que no podía desviarse. Ahora mismo volvía a tener esa sensación; un extraño cortocircuito hizo que identificase la carretera imaginaria con la carretera verdadera por la que iba y eso le sugirió de pronto la idea de hacer una locura.
—¿A dónde dijo que quería ir?
—A Banska Bystrica —respondió.
—¿Y qué va a hacer allí?
—He quedado con una persona.
—¿Con quién?
—Con un señor.
El coche se aproximaba a un cruce de caminos importante; el conductor disminuyó la velocidad para poder leer las señales que indicaban la dirección; luego dobló a la derecha.
—¿Y qué pasaría si no llegase a su cita?
—Sería culpa suya y tendría que ocuparse de mí.
—Seguramente no se ha dado cuenta de que he doblado hacia Nove Zamky.
—¿De verdad? ¡Se ha vuelto loco!
—No tenga miedo, yo me ocuparé de usted —dijo el joven.
De pronto el juego había adquirido un nivel superior. El coche no sólo se alejaba de su objetivo imaginario en Banska Bystrica, sino también del objetivo real hacia el que había partido por la mañana: los Tatra y la habitación reservada. De pronto la vida de ficción atacaba a la vida sin ficción. El joven se alejaba de sí mismo y de la severa ruta de la que hasta ahora nunca se había desviado.
—¡Pero si había dicho que iba a los Pequeños Tatra! —se asombró la chica.
—Señorita, yo voy a donde quiero. Soy un hombre libre y hago lo que quiero y lo que me da la gana.
6
Cuando llegaron a Nove Zamky, empezaba a hacerse de noche.
El joven nunca había estado allí y tardó un rato en orientarse. Detuvo varias veces el coche para preguntar a los viandantes dónde estaba el hotel. Había varias calles en obras, de modo que, aunque el hotel estaba muy cerca (según afirmaban todas las personas a las que les había preguntado), el camino daba tantas vueltas y tenía tantos desvíos que tardaron casi un cuarto de hora en aparcar el coche. El hotel no tenía un aspecto muy agradable, pero era el único hotel de la ciudad y el joven ya no tenía ganas de seguir conduciendo. Así que le dijo a la chica:
—Espere —y bajó del coche.
Al bajar del coche volvió naturalmente a ser él mismo. Y le pareció un fastidio encontrarse por la noche en un sitio completamente distinto del que había planeado; y resultaba aún más fastidioso porque nadie le había obligado y ni siquiera él mismo lo había pretendido. Se echaba en cara la locura que había cometido, pero al final acabó por restarle importancia: la habitación de los Tatra podía esperar hasta el día siguiente y no está mal celebrar el primer día de vacaciones con algo inesperado.
Atravesó el restaurante —lleno de humo, repleto, ruidoso— y preguntó por la recepción. Le indicaron que siguiese hasta la escalera, donde, tras una puerta de cristal, estaba sentada una rubia de aspecto anticuado bajo un tablero lleno de llaves: le costó trabajo obtener la llave de la única habitación libre.
La chica, al quedarse sola, también prescindió de su papel. Pero le fastidiaba encontrarse en una ciudad extraña. Estaba tan entregada al joven que no dudaba de nada de lo que él hacía y dejaba en sus manos, con toda confianza, las horas de su vida. Pero en cambio volvió a pensar que quizá, tal como ella ahora, otras mujeres con las que se encontraba en sus viajes de trabajo esperarían al joven en su coche. Pero, curiosamente, aquella imagen ahora no le produjo dolor; la chica sonrió inmediatamente al pensar lo hermoso que era que esa mujer extraña fuese ahora ella; aquella mujer extraña, irresponsable e indecente, una de aquellas de las que había tenido tantos celos; le parecía que les había ganado la mano a todas; que había descubierto el modo de apoderarse de sus armas; de darle al joven lo que hasta entonces no había sabido darle: ligereza, inmoralidad e informalidad; sintió una particular sensación de satisfacción por ser capaz de convertirse ella misma en todas las demás mujeres y de ocupar y devorar así (ella sola, la única) a su amado.
El joven abrió la puerta del coche y condujo a la chica al restaurante. En medio del ruido, la suciedad y el humo, descubrió una única mesa libre en un rincón.
7
—Bueno ¿y ahora cómo se va a ocupar de mí?
—¿Qué aperitivo prefiere?
La chica no era muy aficionada a beber; como mucho bebía vino y le gustaba el vermouth. Pero esta vez, adrede, dijo:
—Vodka.
—Estupendo —dijo el joven—. Espero que no se me emborrache.
—¿Y si me emborrachara? —dijo la chica.
El joven no le respondió y llamó al camarero y pidió dos vodkas y, para cenar, solomillo. El camarero trajo, al cabo de un rato, una bandeja con dos vasitos y la puso sobre la mesa.
El joven levantó el vaso y dijo:
—¡A su salud!
—-¿No se le ocurre un brindis más ingenioso?
Había algo en el juego de la chica que empezaba a irritar al joven; ahora, cuando estaban sentados cara a cara, comprendió que no sólo eran las palabras las que hacían de ella otra persona diferente, sino que estaba cambiada por entero, sus gestos y su mímica, y que se parecía con una fidelidad que llegaba a ser desagradable a ese modelo de mujer que él conocía tan bien y que le producía un ligero rechazo.
Y por eso (con el vaso en la mano levantada) modificó su brindis:
—Bien, entonces no brindaré por usted, sino por su especie, en la que se conjuga con tanto acierto lo mejor del animal y lo peor del hombre.
—¿Cuando habla de esa especie se refiere a todas las mujeres? —preguntó la chica.
—No, me refiero sólo a las que se parecen a usted.
—De todos modos no me parece muy gracioso comparar a una mujer con un animal.
—Bueno —el joven seguía con el vaso levantado—, entonces no brindo por su especie, sino por su alma, ¿le parece bien? Por su alma que se enciende cuando desciende de la cabeza al vientre y que se apaga cuando vuelve a subir a la cabeza.
La chica levantó su vaso:
—Bien, entonces por mi alma que desciende hasta el vientre.
—Rectifico otra vez —dijo el joven—: mejor por su vientre, al cual desciende su alma.
—Por mi vientre —dijo la chica y fue como si su vientre (ahora que lo habían mencionado) respondiera a la llamada: sentía cada milímetro de su piel.
El camarero trajo el solomillo y el joven pidió más vodka con sifón (esta vez brindaron por los pechos de la chica) y la conversación continuó con un extraño tono frívolo. El joven estaba cada vez más irritado por lo bien que la chica sabía ser esa mujer lasciva; si lo sabe hacer tan bien, es que realmente lo es; está claro que no ha penetrado ningún alma extraña dentro de ella; está jugando a ser ella misma; quizá sea esa otra parte de su ser que otras veces permanece encerrada y a la que ahora, con la excusa del juego, le ha abierto la jaula; es posible que la chica crea que al jugar se está negando a sí misma, pero ¿no sucede precisamente lo contrario? ¿No es en el juego donde se convierte de verdad en sí misma? ¿No se libera al jugar? No, la que está sentada frente a él no es una mujer extraña dentro del cuerpo de su chica; es su propia chica, nadie más que ella. La miraba y sentía hacia ella un desagrado cada vez mayor.
Pero no se trataba únicamente de desagrado. Cuanto más se alejaba la chica de él síquicamente, más la deseaba físicamente; la extrañeza del alma particularizaba el cuerpo de la chica; incluso era ella la que lo convertía de verdad en cuerpo; era como si hasta entonces aquel cuerpo no hubiera existido para el joven más que en el limbo de la compasión, la ternura, los cuidados, el amor y la emoción; como si hubiese estado perdido en aquel limbo (¡sí, como si el cuerpo hubiese estado perdido!). El joven tenía la sensación de ver hoy por primera vez el cuerpo de la chica.
Cuando terminó de tomar el tercer vodka con soda, la chica se levantó y dijo con coquetería:
—Perdone.
El joven dijo:
—¿Puedo preguntarle a dónde va, señorita?
—A mear, si no le importa —dijo la chica y se alejó por entre las" mesas hacia una cortina de terciopelo.
8
Estaba contenta de haber dejado estupefacto al joven con aquella palabra que —a pesar de su inocencia— nunca le había oído decir: le parecía que nada reflejaba mejor al tipo de mujer a la que jugaba que la coquetería con la que había puesto el énfasis en la mencionada palabra; sí, estaba completamente satisfecha; aquel juego le entusiasmaba; le hacía sentir lo que nunca había sentido: por ejemplo aquella sensación de despreocupada irresponsabilidad.
Ella, que siempre había tenido miedo de cada paso que tenía que dar, de pronto se sentía completamente suelta. Aquella vida ajena dentro de la que se encontraba era una vida sin vergüenza, sin determininaciones biográficas, sin pasado y sin futuro, sin ataduras; era una vida excepcionalmente libre. La chica, siendo autoestopista, podía hacerlo todo: todo le estaba permitido; decir cualquier cosa, hacer cualquier cosa, sentir cualquier cosa.
Atravesaba la sala y se daba cuenta de que la miraban desde todas las mesas; esa también era una sensación nueva, hasta entonces desconocida: la impúdica satisfacción del propio cuerpo. Hasta ahora nunca había sido capaz de librarse por completo de aquella niña de catorce años que se avergüenza de sus pechos y que siente como una desagradable impudicia que le sobresalgan del cuerpo y sean visibles. Aunque siempre se había sentido orgullosa de ser guapa y bien hecha, aquel orgullo era inmediatamente corregido por la vergüenza: intuía correctamente que la belleza femenina funciona, ante todo, como incitación sexual y eso le desagradaba; ansiaba que su cuerpo sólo se dirigiese al hombre que amaba; cuando los hombres le miraban los pechos en la calle, le parecía que con ello arrasaban una parte de su más secreta intimidad, que sólo le pertenecía a ella y a su amante. Pero ahora era una autoestopista, una mujer sin destino; se había visto privada de las tiernas ataduras de su amor y había empezado a tomar intensa conciencia de su cuerpo; lo sentía con tanta mayor excitación cuanto más extraños eran los ojos que la observaban.
Cuando pasaba junto a la última mesa, un individuo medio borracho, deseando jactarse de ser un hombre de mundo, le dijo en francés:
—¿Combien, mademoiselle?
La chica lo entendió. Irguió el cuerpo, sintiendo cada uno de los movimientos de sus caderas; desapareció tras la cortina.
9
Todo aquello era un juego raro. La rareza consistía, por ejemplo, en que el joven, aunque había asumido estupendamente la función de conductor desconocido, no dejaba de ver en la autoestopista desconocida a su chica. Y eso era precisamente lo más doloroso; veía a su chica seducir a un hombre desconocido y disfrutaba del amargo privilegio de estar presente; veía de cerca el aspecto que tiene y lo que dice cuando lo engaña (cuando lo engañaba, cuando lo va a engañar); tenía el paradójico honor de ser él mismo objeto de su infidelidad.
Lo peor era que la adoraba más de lo que la amaba; siempre le había parecido que su ser sólo era real dentro de los límites de la fidelidad y la pureza y que más allá de esos límites simplemente no existía; que más allá de aquellos límites habría dejado de ser ella misma, tal como el agua deja de ser agua más allá del límite de la ebullición. Ahora, al verla trasponer con natural elegancia aquel horrible límite, se llenaba de rabia.
La chica volvió del servicio y se quejó:
—Uno de aquellos me dijo: ¿Combien, mademoiselle?
—No se asombre —dijo el joven—, tiene usted aspecto de furcia.
—¿Sabe que no me molesta en absoluto?
—¡Debía haberse ido con ese señor!
—Ya le tengo a usted.
—Puede irse con él después. ¿Por qué no se ponen de acuerdo?
—No me gusta.
—Pero no tiene usted inconveniente en estar una misma noche con varios hombres.
—Si son guapos ¿por qué no?
—¿Los prefiere uno tras otro o al mismo tiempo?
—De las dos maneras.
La conversación era una suma de barbaridades cada vez mayores; la chica estaba un poco espantada, pero no podía protestar. También el juego encierra falta de libertad para el hombre, también el juego es una trampa para el jugador; si aquello no fuera un juego, si estuvieran sentadas frente a frente dos personas extrañas, la autoestopista se hubiera podido ofender hace tiempo y hubiera podido marcharse; pero el juego no tiene escapatoria; el equipo no puede huir del campo antes de que finalice el juego, las piezas de ajedrez no pueden escaparse del tablero, los límites del campo de juego no pueden traspasarse. La chica sabía que tenía que aceptar cualquier juego, precisamente porque era un juego. Sabía que cuanto más exagerado fuera, más sería un juego y más obediente iba a tener que ser al jugar. Y era inútil invocar la razón y advertir al alma alocada que debía mantener las distancias con respecto al juego y no tomárselo en serio. Precisamente porque se trataba sólo de un juego, el alma no tenía miedo, no se resistía y caía en él como alucinada.
El joven llamó al camarero y pagó la cuenta. Luego se levantó y le dijo a la chica:
—Podemos ir.
—¿A dónde? —fingió asombro la chica.
—No preguntes y camina —dijo el joven.
—¿Con quién se cree que está hablando?
—Con una furcia —dijo el joven.
10
Iban por una escalera mal iluminada: en el descansillo, antes del primer piso, había un grupo de hombres medio borrachos delante de la puerta del retrete. El joven abrazó a la chica por la espalda, de tal modo que su mano apretaba el pecho de ella. Los hombres que estaban junto al retrete lo vieron y empezaron a dar gritos. La chica intentó soltarse pero el joven le gritó:
—¡Aguanta!
Los hombres aprobaron su actitud con zafia solidaridad y le dirigieron a la chica unas cuantas groserías. El joven llegó con la chica al primer piso y abrió la puerta de la habitación. Encendió la luz.
Era una habitación estrecha con dos camas, una mesilla, una silla y un lavabo. El joven cerró la puerta y se volvió hacia la chica. Estaba frente a él con un gesto de suficiencia y una mirada descaradamente sensual. El joven la miraba y trataba de descubrir, tras la expresión lasciva, los familiares rasgos de la chica, a los que amaba con ternura. Era como si mirase dos imágenes metidas en un mismo visor, dos imágenes puestas una encima de otra y que se trasparentasen la una a través de la otra. Aquellas dos imágenes que se trasparentaban le decían que en la chica había de todo, que su alma era terriblemente amorfa, que cabía en ella la fidelidad y la infidelidad, la traición y la inocencia, la coquetería y el recato; aquella mezcla brutal le parecía asquerosa como la variedad de un basurero. Las dos imágenes seguían trasparentándose la una a través de la otra y el joven pensaba en que la chica sólo se diferenciaba de las demás superficialmente, pero que en sus extensas profundidades era igual a otras mujeres, llena de todos los pensamientos, las sensaciones, los vicios posibles, dándoles así la razón a sus dudas y a sus celos secretos; que lo que parece un perfil que marca sus límites como individuo es sólo una falacia que engaña al otro, a quien la mira, a él. Le parecía que aquella chica, tal como él la quería, no era más que un producto de su deseo, de su capacidad de abstracción, de su confianza, y que la chica real estaba ahora ante él y era desesperadamente extraña, desesperadamente ambigua. La odiaba.
—¿Qué estás esperando? Desnúdate —dijo.
La chica inclinó con coquetería la cabeza y dijo:
—¿Para qué?
El tono con que lo dijo le resultó muy familiar, le pareció que hace ya mucho tiempo se lo había oído a otra mujer, pero ya no sabía a cuál. Tenía ganas de humillarla. No a la autoestopista, sino a su propia chica. El juego se había confundido con la vida. Jugar a humillar a la autoestopista no era más que una excusa para humillar a la chica. El joven olvidó que estaba jugando. Sencillamente odiaba a la mujer que estaba delante de él. La miró fijamente y sacó de la cartera un billete de cincuenta coronas. Se lo dio a la chica:
—¿Es suficiente?
La chica cogió las cincuenta coronas y dijo:
—No me valora demasiado.
El joven dijo:
—No vales más.
La chica se abrazó al joven:
—¡No debes portarte así conmigo! ¡Conmigo tienes que portarte de otra manera, tienes que poner algo de tu parte!
Lo abrazaba y trataba de llegar con su boca a la de él. El joven le puso los dedos en la boca y la apartó suavemente. Dijo:
—Sólo beso a las mujeres cuando las quiero.
—¿Y a mí no me quieres?
—No.
—¿Y a quién quieres?
—¿A ti qué te importa? ¡Desnúdate!
11
Nunca se había desnudado así. La timidez, el sentimiento interior de pánico, el alocamiento, todo lo que siempre había sentido al desnudarse delante del joven (cuando no la tapaba la oscuridad), todo aquello había desaparecido. Ahora estaba frente a él confiada, descarada, iluminada y sorprendida al descubrir de pronto los hasta entonces desconocidos gestos del desnudo lento y excitante. Percibía sus miradas, iba dejando a un lado, con mimo, cada una de sus prendas y saboreaba los distintos estadios de la desnudez. Pero de pronto se encontró ante él totalmente desnuda y en ese momento se dijo que el juego había terminado; que al quitarse la ropa se ha quitado también el disfraz y que ahora está desnuda, lo cual significa que ahora vuelve a ser ella misma y que el joven ahora tiene que acercarse a ella y hacer un gesto con el que lo borre todo, tras el cual sólo vendrá ya el más íntimo acto amoroso. Así que se quedó desnuda delante del joven y en ese momento dejó de jugar; estaba perpleja y en su cara apareció una sonrisa que era de verdad sólo suya: tímida y confusa.
Pero el joven no se acercó a ella y no borró el juego. No percibió la sonrisa que le era familiar; sólo veía ante sí el hermoso cuerpo extraño de su propia chica, a la que odiaba. El odio limpió su sensualidad de cualquier resto de sentimientos. Ella quiso acercarse pero él le dijo:
—Quédate donde estás, quiero verte bien.
Lo único que ahora deseaba era comportarse con ella como con una furcia de alquiler. Sólo que el joven nunca había tenido una furcia de alquiler y las únicas imágenes de que disponía al respecto provenían de la literatura y de lo que había oído contar. Se remitió por lo tanto a aquellas imágenes y lo primero que vio en ellas fue a una mujer en ropa interior ne gra (con medias negras) bailando sobre la reluciente tapa de un piano. En la pequeña habitación del hotel no había piano, lo único que había era una mesilla junto a la pared, pequeña, cubierta con un mantel de lino. Le ordenó a la chica que se subiera a ella. La chica hizo un gesto de súplica pero el joven dijo:
—Ya has cobrado.
Al ver en la mirada del joven su irreductible obsesión, trató de continuar con el juego, aunque ya no podía ni sabía hacerlo. Con lágrimas en los ojos se subió a la mesa. Apenas medía un metro de lado y una de las patas era un poquito más corta; la chica, de pie sobre la mesa, tenía sensación de inestabilidad.
Pero el joven estaba satisfecho con la figura desnuda que se elevaba por encima de él y cuya avergonzada inseguridad no hacía más que incrementar su autoritarismo. Deseaba ver aquel cuerpo en todas las posturas y desde todos los ángulos, del mismo modo en que se imaginaba que lo habían visto y lo verían también otros hombres. Era grosero y lascivo. Le decía palabras que ella nunca le había oído decir. La chica tenía ganas de rebelarse, de huir del juego; le llamó por su nombre pero él le gritó que no tenía derecho a tratarlo con tanta confianza. Y así por fin, confusa y llorosa, le obedeció; se inclinaba y se agachaba según los deseos del joven, saludaba y movía las caderas como si estuviera bailando un twist; en ese momento, al hacer un movimiento un poco más brusco, el mantel se deslizó bajo sus piernas y estuvo a punto de caerse. El joven la sostuvo y la arrastró a la cama.
La penetró. Ella se alegró de pensar que al menos ahora se acabaría aquel desgraciado juego y que volverían a ser ellos mismos, tal como eran, tal como se querían. Trató de unir su boca a la de él. Pero el joven se lo impidió y le repitió que sólo besaba a una mujer cuando la quería. Se echó a llorar. Pero ni siquiera del llanto pudo disfrutar, porque el furioso apasionamiento del joven iba ganándose gradualmente su cuerpo, que hizo callar a los lamentos de su alma. Pronto hubo en la cama dos cuerpos perfectamente fundidos, sensuales y ajenos. Aquello era precisamente lo que toda su vida la había espantado y lo que había tratado cuidadosamente de evitar: acostarse con alguien sin sentimientos y sin amor. Sabía que había atravesado la frontera prohibida, pero ahora, después de cruzarla, ya se movía sin protestar y con plena participación; sólo en algún rincón lejano de su conciencia se horrorizaba al comprobar que nunca había sentido tal placer y tanto placer como precisamente esta vez —más allá de aquella frontera.
12
Luego todo terminó. El joven se levantó de encima de la chica y llevó la mano al largo cable que colgaba sobre la cama; apagó la luz. No deseaba ver la cara de la chica. Sabía que el juego había terminado, pero no tenía ganas de volver a la relación habitual con ella; le daba miedo aquel regreso. Estaba ahora acostado en la oscuridad junto a ella, acostado de modo que sus cuerpos no se tocaran.
Al cabo de un rato oyó un suave gemido; la mano de la chica rozó tímida, infantilmente, la suya: la rozó, se retiró, volvió a rozarla y luego se oyó una voz suplicante, que gemía, lo llamaba por un apelativo familiar y decía:
—Yo soy yo, yo soy yo...
El joven callaba, no se movía y advertía la triste falta de contenido de la afirmación de la chica, en la que lo desconocido era definido por sí mismo, por lo desconocido.
Y la chica pasó en seguida de los gemidos a un ruidoso llanto y volvió a repetir aquella emotiva tautología incontables veces:
—Yo soy yo, yo soy yo, yo soy yo...
El joven empezó a llamar en su ayuda a la compasión (tuvo que llamarla de lejos, porque por allí cerca no se encontraba), para acallar a la chica. Todavía tenían por delante trece días de vacaciones.
1
La manecilla del nivel de la gasolina cayó de pronto a cero y el joven conductor del coupé afirmó que era cabreante lo que tragaba aquel coche.
—A ver si nos vamos a quedar otra vez sin gasolina —dijo la chica (que tenía unos veintidós años) y le recordó al conductor unos cuantos sitios del mapa del país en los que ya les había sucedido lo mismo.
El joven respondió que él no tenía motivo alguno para preocuparse porque todo lo que le sucedía estando con ella adquiría el encanto de la aventura. La chica protestó; siempre que se les había acabado la gasolina en medio de la carretera, la aventura había sido sólo para ella, porque el joven se había escondido y ella había tenido que utilizar sus encantos: hacer autoestop a algún coche, pedir que la llevasen hasta la gasolinera más próxima, volver a parar otro coche y regresar con el bidón. El joven le preguntó si los conductores que la habían llevado habían sido tan desagradables como para que ella hablase de su misión como de una humillación. Ella respondió (con pueril coquetería) que a veces habían sido muy agradables, pero que no había podido sacar provecho alguno porque iba cargada con el bidón y había tenido además que despedirse de ellos antes de que le diera tiempo de nada.
—Miserable —le dijo el joven.
La chica afirmó que la miserable no era ella, sino precisamente él; ¡quién sabe cuántas chicas le hacen autoestop en la carretera cuando conduce solo! El joven cogió a la chica del hombro y le dio un suave beso en la frente. Sabía que ella lo quería y que tenía celos de él. Claro que ser celoso no es una cualidad muy agradable, pero, si no se emplea en exceso (si va unida a la humildad), presenta, además de su natural incomodidad, cierto aspecto enternecedor. Al menos eso era lo que el joven creía. Como no tenía más que veintiocho años, le parecía que era muy mayor y que había aprendido ya todo lo que un hombre puede saber de las mujeres. Lo que más apreciaba de la chica que estaba sentada a su lado era precisamente aquello que hasta entonces había encontrado con menor frecuencia en las mujeres: su pureza.
La manecilla ya estaba a cero cuando el joven vio a la derecha un cartel que indicaba (con un dibujo en negro de un surtidor) que la gasolinera estaba a quinientos metros. La chica apenas tuvo tiempo de afirmar que se había quitado un peso de encima, cuando el joven ya estaba poniendo el intermitente de la izquierda y entrando en la explanada en la que estaban los surtidores. Pero tuvo que detenerse a un lado porque, junto al surtidor, había un voluminoso camión con un gran depósito de metal que mediante una gruesa manguera llenaba de gasolina el depósito del surtidor.
—Vamos a tener que esperar un buen rato —le dijo el joven a la chica y salió del coche—. ¿Va a tardar mucho? —le preguntó a un hombre vestido con un mono azul.
—Un minuto —respondió el hombre.
Y el joven dijo:
—Ya veremos lo que dura un minuto.
Iba a volver al coche a sentarse pero vio que la chica salía por la otra puerta.
—Voy a aprovechar para ir a hacer una cosa —Dijo ella.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó el joven intencionadamente, porque quería ver la cara que iba a poner.
Hacía ya un año que la conocía y la chica aún era capaz de avergonzarse delante de él, y a él le encantaban esos instantes en los que ella sentía vergüenza; en primer lugar porque la diferenciaban de las mujeres con las que él se había relacionado antes de conocerla, en segundo lugar porque sabía que en este mundo todo es pasajero, y eso hacía que hasta la vergüenza de su chica fuera algo preciado para él.
2
A la chica realmente le desagradaban las ocasiones en las que tenía que pedirle (el joven conducía con frecuencia muchas horas sin parar) que se detuviese un momento junto a un bosquecillo. Siempre le daba rabia cuando él le preguntaba con fingido asombro por el motivo de la parada. Ella sabía que la vergüenza que sentía era ridícula y pasada de moda. En el trabajo había podido comprobar muchas veces que la gente se reía de su susceptibilidad y que la provocaban a propósito. Sentía siempre vergüenza anticipada sólo de pensar que iba a darle vergüenza. Con frecuencia deseaba poder sentirse libre dentro de su cuerpo, despreocupada y sin angustias, como lo hacía la mayoría de las mujeres a su alrededor. Hasta había llegado a inventarse un sistema especial de convencimiento pedagógico: se decía que cada persona recibía al nacer uno de los millones de cuerpos que estaban preparados, como si le adjudicasen una de los mill nes de habitaciones de un inmenso hotel; que aquel cuerpo era, por tanto, casual e impersonal; que era una cosa prestada y hecha en serie. Lo repetía una y otra vez, en distintas versiones, pero nunca era capaz de sentir de ese modo. Aquel dualismo del cuerpo y el alma le era ajeno. Ella misma era excesivamente su propio cuerpo, y por eso siempre lo sentía con angustia.
Con esa misma angustia se había aproximado también al joven a quien había conocido hacía un año y con el que era feliz quizá precisamente porque nunca separaba su cuerpo de su alma y con él podía vivir por entero. En aquella indivisión residía su felicidad, sólo que tras la felicidad siempre se agazapaba la sospecha, y la chica estaba llena de sospechas. Con frecuencia pensaba que las otras mujeres (las que no se angustiaban) eran más seductoras y atractivas, y que el joven, que no ocultaba que conocía bien a aquel tipo de mujeres, se le iría alguna vez con alguna de ellas. (Es cierto que el joven afirmaba que ya estaba harto de ese tipo de mujeres para el resto de su vida, pero la chica sabía que él era mucho más joven de lo que pensaba. ) Ella quería que fuese suyo por completo y ser ella por completo de él, pero con frecuencia le parecía que cuanto más trataba de dárselo todo, más le negaba algo: lo que da precisamente el amor carente de profundidad y superficial, lo que da el flirt. Sufría por no saber ser, además de seria, ligera.
Pero esta vez no sufría ni pensaba en nada de eso. Se sentía a gusto. Era su primer día de vacaciones (catorce días de vacaciones en los que durante todo el año había centrado su deseo), el cielo estaba azul (todo el año había estado preguntándose horrorizada si el cielo estaría verdaderamente azul) y él estaba con ella. A su «¿qué vas a hacer?» respondió ruborizándose y se alejó del coche sin decir palabra. Dejó a su lado la estación de servicio que estaba al borde de la carretera, completamente solitaria, en medio del campo; a unos cien metros de allí (en la misma dirección en la que iban) empezaba el bosque. Se dirigió hacia él, se escondió tras un arbusto y disfrutó durante todo ese tiempo de una sensación de satisfacción. (Es que hasta la alegría que produce la presencia del hombre a quien se ama se siente mejor a solas. Si la presencia de él fuera continua, sólo estaría presente en su constante transcurrir. Detenerla sólo es posible en los ratos de soledad. )
Después salió del bosque y se dirigió hacia la carretera; desde allí se veía la estación de servicio; el camión cisterna ya se había ido; el coche se había aproximado a la roja torrecilla del surtidor. La chica se puso a andar carretera adelante, mirando a ratos si ya venía. Luego lo vio, se detuvo y empezó a hacerle señas, tal como se las hacen los autoestopistas a los coches desconocidos. El coche frenó y se detuvo justo al lado de la chica. El joven se agachó hacia la ventanilla, la bajó, sonrió y preguntó:
—¿Adonde va, señorita?
—¿Va hacia Bystrica? —preguntó la chica y sonrió con coquetería.
—Pase, siéntese —el joven abrió la puerta. La chica se sentó y el coche se puso en marcha.
3
El joven siempre disfrutaba cuando su chica estaba alegre; no ocurría con frecuencia: tenía un trabajo bastante complicado, en un ambiente desagradable, con muchas horas extras; en casa, su madre estaba enferma, solía estar cansada; tampoco destacaba por la firmeza de sus nervios ni por su seguridad en sí mis ma, era víctima fácil de la angustia y el miedo. Por eso era capaz de recibir cualquier manifestación de alegría de ella con la ternura y el cuidado de un padre adoptivo. Le sonrió y dijo:
—Hoy estoy de suerte. Hace ya cinco años que conduzco pero nunca he llevado a una autoestopista tan guapa.
La chica le estaba agradecida al joven por cada una de las zalamerías que le hacía; tenía ganas de disfrutar un rato de aquella cálida sensación y por eso le dijo:
—Parece que sabe mentir muy bien.
—¿Tengo cara de mentiroso?
—Tiene cara de disfrutar mintiendo a las mujeres—dijo la chica y en su voz había un resto involuntario de la vieja angustia, porque creía realmente que a su joven le gustaba mentirles a las mujeres.
El joven ya se había sentido molesto algunas veces por los celos de la chica, pero esta vez podía pasarlos fácilmente por alto, porque la frase no iba dirigida a él, sino a un conductor desconocido. Por eso le respondió sin más:
—¿Eso le molesta?
—Si saliese con usted, me importaría —dijo la chica y había en ello un sutil mensaje al joven; pero el final de la frase iba dirigido ya al desconocido conductor—: Pero como a usted no le conozco, no me molesta.
—Las mujeres siempre encuentran muchos más defectos en su propio hombre que en los demás —ahora se trataba de un sutil mensaje pedagógico del joven a la chica—, pero ya que no tenemos nada que ver, podríamos entendernos bien.
La chica no tenía intención de entender el mensaje pedagógico subyacente y por eso se dirigió exclusivamente al conductor desconocido:
—¿Y qué, si dentro de un momento nos vamos a separar?
—¿Por qué?
—Porque en Bystrica me bajo.
—¿Y qué pasaría si yo me bajase con usted?
Al oír estas palabras la chica miró al joven y comprobó que tenía exactamente el aspecto que ella se imaginaba en sus más amargas horas de celos; se horrorizó al ver con qué coquetería la halagaba (a ella, a una autoestopista desconocida) y lo bien que le sentaba. Por eso le contestó en plan provocador:
—¿Y qué iba a hacer usted conmigo?
—Con una mujer tan guapa no necesitaría pensar demasiado qué hacer —dijo el joven, y en ese momento hablaba ya más para su chica que para la autoestopista.
Pero la chica sintió como si, al hacerle decir aquella frase halagadora, lo hubiera cogido por sorpresa, como si con un astuto truco lo hubiera obligado a confesar; tuvo un breve e intenso ataque de odio y dijo:
—¿No le parece que exagera?
El joven miró a su chica; aquella cara altiva estaba llena de tensión; sintió lástima por la chica y añoró su mirada habitual, familiar (de la que solía decir que era infantil y sencilla); se acercó a ella, pasó el brazo por su hombro y le susurró el nombre con que solía llamarla y con el que ahora pretendía acabar el juego.
Pero la chica le apartó y dijo:
—¡Me parece que va demasiado rápido!
El joven, al ser rechazado, dijo:
—Perdone señorita —y se puso a mirar fijamente la carretera.
4
Pero el dolor de los celos abandonó a la chica tan rápido como la había atacado. Al fin y al cabo era sensata y sabía que sólo se trataba de un juego; incluso le pareció un poco ridículo haber rechazado al joven sólo por la rabia que le producían los celos; no quería que él lo notase. Por suerte las mujeres tienen una habilidad mágica para modificar ex post el sentido de sus actos. De modo que utilizó esta habilidad y decidió que no lo había rechazado porque le hubiera dado rabia, sino para poder continuar con un juego que, por caprichoso, era tan adecuado para el primer día de vacaciones.
De manera que volvió a ser una autoestopista que acaba de rechazar a un conductor atrevido sólo para hacer la conquista más lenta y más excitante. Se volvió hacia el joven y le dijo con voz melosa:
—¡No era mi intención ofenderle!
—Perdone, no volveré a tocarla —dijo el joven.
Estaba enfadado con la chica por no haberle hecho caso y haberse negado a volver a ser ella misma cuando tanto lo deseaba; y como la chica seguía con su máscara, el joven le traspasó su enfado a la desconocida autoestopista que ella representaba; y así descubrió de pronto el carácter de su papel: abandonó la galantería con la que había pretendido halagar indirectamente a su chica y empezó a hacer de hombre duro que al dirigirse a las mujeres pone de relieve más bien los aspectos bastos de la masculinidad: la voluntad, el sarcasmo, la confianza en sí mismo.
Este papel era contradictorio con las atenciones que habitualmente le dedicaba el joven a la chica. Es verdad que antes de conocerla se comportaba con las mujeres de un modo más bien brusco que delicado, pero nunca había llegado a parecer un hombre demoníacamente duro porque no sobresalía ni por su fuerza de voluntad ni por su falta de miramientos. Pero si nunca lo había parecido, tanto más había deseado en otros tiempos parecerlo. Se trata seguramente de un deseo bastante ingenuo, pero qué se le va a hacer: los deseos infantiles salvan todos los obstáculos que les pone el espíritu maduro y con frecuencia perduran más que él, hasta la última vejez. Y aquel deseo infantil aprovechó rápidamente la oportunidad de asumir el papel que se le ofrecía.
A la chica le venía muy bien el distanciamiento sarcástico del joven: la liberaba de sí misma. Ella misma era, ante todo, celos. En el momento en que dejó de ver a su lado al joven galante que trataba de seducirla y vio su cara inaccesible, sus celos se acallaron. La chica podía olvidarse de sí misma y entregarse a su papel.
¿Su papel? ¿Cuál? Era un papel de literatura barata. Una autoestopista había parado un coche, no para que la llevase, sino para seducir al hombre que iba en el coche; era una seductora experimentada que dominaba estupendamente sus encantos. La chica se compenetró con aquel estúpido personaje de novela con una facilidad que a ella misma la dejó, acto seguido, sorprendida y encantada.
Y así iban en coche y charlaban; un conductor desconocido y una autoestopista desconocida.
5
No había nada que el joven hubiera echado tanto en falta en su vida como la despreocupación. La carretera de su vida había sido diseñada con despiadada severidad: su empleo no acababa con las ocho horas de trabajo diario, invadía también el resto de su tiempo con el aburrimiento obligado de las reuniones y del estudio en casa; invadía también, a través de la atención que le prestaban sus innumerables compañeros y compañeras, el escasísimo tiempo de su vida privada, que! nunca permanecía en secreto y que por lo demás se había convertido ya un par de veces en objeto de cotilleos y de debate público. Ni siquiera las dos semanas de vacaciones le brindaban una sensación de liberación y de aventura; hasta aquí llegaba la sombra gris de la severa planificación; la escasez de casas de veraneo en nuestro país le había obligado a reservar con medio año de antelación la habitación en los montes Tatra, para i lo cual había necesitado una recomendación del Comité de su empresa, cuya omnipresente alma no le perdía así la pista ni por un momento.
Ya se había hecho a la idea de todo aquello pero, de vez en cuando, tenía la horrible sensación de que le obligaban a ir por una carretera en la que todos le veían y de la que no podía desviarse. Ahora mismo volvía a tener esa sensación; un extraño cortocircuito hizo que identificase la carretera imaginaria con la carretera verdadera por la que iba y eso le sugirió de pronto la idea de hacer una locura.
—¿A dónde dijo que quería ir?
—A Banska Bystrica —respondió.
—¿Y qué va a hacer allí?
—He quedado con una persona.
—¿Con quién?
—Con un señor.
El coche se aproximaba a un cruce de caminos importante; el conductor disminuyó la velocidad para poder leer las señales que indicaban la dirección; luego dobló a la derecha.
—¿Y qué pasaría si no llegase a su cita?
—Sería culpa suya y tendría que ocuparse de mí.
—Seguramente no se ha dado cuenta de que he doblado hacia Nove Zamky.
—¿De verdad? ¡Se ha vuelto loco!
—No tenga miedo, yo me ocuparé de usted —dijo el joven.
De pronto el juego había adquirido un nivel superior. El coche no sólo se alejaba de su objetivo imaginario en Banska Bystrica, sino también del objetivo real hacia el que había partido por la mañana: los Tatra y la habitación reservada. De pronto la vida de ficción atacaba a la vida sin ficción. El joven se alejaba de sí mismo y de la severa ruta de la que hasta ahora nunca se había desviado.
—¡Pero si había dicho que iba a los Pequeños Tatra! —se asombró la chica.
—Señorita, yo voy a donde quiero. Soy un hombre libre y hago lo que quiero y lo que me da la gana.
6
Cuando llegaron a Nove Zamky, empezaba a hacerse de noche.
El joven nunca había estado allí y tardó un rato en orientarse. Detuvo varias veces el coche para preguntar a los viandantes dónde estaba el hotel. Había varias calles en obras, de modo que, aunque el hotel estaba muy cerca (según afirmaban todas las personas a las que les había preguntado), el camino daba tantas vueltas y tenía tantos desvíos que tardaron casi un cuarto de hora en aparcar el coche. El hotel no tenía un aspecto muy agradable, pero era el único hotel de la ciudad y el joven ya no tenía ganas de seguir conduciendo. Así que le dijo a la chica:
—Espere —y bajó del coche.
Al bajar del coche volvió naturalmente a ser él mismo. Y le pareció un fastidio encontrarse por la noche en un sitio completamente distinto del que había planeado; y resultaba aún más fastidioso porque nadie le había obligado y ni siquiera él mismo lo había pretendido. Se echaba en cara la locura que había cometido, pero al final acabó por restarle importancia: la habitación de los Tatra podía esperar hasta el día siguiente y no está mal celebrar el primer día de vacaciones con algo inesperado.
Atravesó el restaurante —lleno de humo, repleto, ruidoso— y preguntó por la recepción. Le indicaron que siguiese hasta la escalera, donde, tras una puerta de cristal, estaba sentada una rubia de aspecto anticuado bajo un tablero lleno de llaves: le costó trabajo obtener la llave de la única habitación libre.
La chica, al quedarse sola, también prescindió de su papel. Pero le fastidiaba encontrarse en una ciudad extraña. Estaba tan entregada al joven que no dudaba de nada de lo que él hacía y dejaba en sus manos, con toda confianza, las horas de su vida. Pero en cambio volvió a pensar que quizá, tal como ella ahora, otras mujeres con las que se encontraba en sus viajes de trabajo esperarían al joven en su coche. Pero, curiosamente, aquella imagen ahora no le produjo dolor; la chica sonrió inmediatamente al pensar lo hermoso que era que esa mujer extraña fuese ahora ella; aquella mujer extraña, irresponsable e indecente, una de aquellas de las que había tenido tantos celos; le parecía que les había ganado la mano a todas; que había descubierto el modo de apoderarse de sus armas; de darle al joven lo que hasta entonces no había sabido darle: ligereza, inmoralidad e informalidad; sintió una particular sensación de satisfacción por ser capaz de convertirse ella misma en todas las demás mujeres y de ocupar y devorar así (ella sola, la única) a su amado.
El joven abrió la puerta del coche y condujo a la chica al restaurante. En medio del ruido, la suciedad y el humo, descubrió una única mesa libre en un rincón.
7
—Bueno ¿y ahora cómo se va a ocupar de mí?
—¿Qué aperitivo prefiere?
La chica no era muy aficionada a beber; como mucho bebía vino y le gustaba el vermouth. Pero esta vez, adrede, dijo:
—Vodka.
—Estupendo —dijo el joven—. Espero que no se me emborrache.
—¿Y si me emborrachara? —dijo la chica.
El joven no le respondió y llamó al camarero y pidió dos vodkas y, para cenar, solomillo. El camarero trajo, al cabo de un rato, una bandeja con dos vasitos y la puso sobre la mesa.
El joven levantó el vaso y dijo:
—¡A su salud!
—-¿No se le ocurre un brindis más ingenioso?
Había algo en el juego de la chica que empezaba a irritar al joven; ahora, cuando estaban sentados cara a cara, comprendió que no sólo eran las palabras las que hacían de ella otra persona diferente, sino que estaba cambiada por entero, sus gestos y su mímica, y que se parecía con una fidelidad que llegaba a ser desagradable a ese modelo de mujer que él conocía tan bien y que le producía un ligero rechazo.
Y por eso (con el vaso en la mano levantada) modificó su brindis:
—Bien, entonces no brindaré por usted, sino por su especie, en la que se conjuga con tanto acierto lo mejor del animal y lo peor del hombre.
—¿Cuando habla de esa especie se refiere a todas las mujeres? —preguntó la chica.
—No, me refiero sólo a las que se parecen a usted.
—De todos modos no me parece muy gracioso comparar a una mujer con un animal.
—Bueno —el joven seguía con el vaso levantado—, entonces no brindo por su especie, sino por su alma, ¿le parece bien? Por su alma que se enciende cuando desciende de la cabeza al vientre y que se apaga cuando vuelve a subir a la cabeza.
La chica levantó su vaso:
—Bien, entonces por mi alma que desciende hasta el vientre.
—Rectifico otra vez —dijo el joven—: mejor por su vientre, al cual desciende su alma.
—Por mi vientre —dijo la chica y fue como si su vientre (ahora que lo habían mencionado) respondiera a la llamada: sentía cada milímetro de su piel.
El camarero trajo el solomillo y el joven pidió más vodka con sifón (esta vez brindaron por los pechos de la chica) y la conversación continuó con un extraño tono frívolo. El joven estaba cada vez más irritado por lo bien que la chica sabía ser esa mujer lasciva; si lo sabe hacer tan bien, es que realmente lo es; está claro que no ha penetrado ningún alma extraña dentro de ella; está jugando a ser ella misma; quizá sea esa otra parte de su ser que otras veces permanece encerrada y a la que ahora, con la excusa del juego, le ha abierto la jaula; es posible que la chica crea que al jugar se está negando a sí misma, pero ¿no sucede precisamente lo contrario? ¿No es en el juego donde se convierte de verdad en sí misma? ¿No se libera al jugar? No, la que está sentada frente a él no es una mujer extraña dentro del cuerpo de su chica; es su propia chica, nadie más que ella. La miraba y sentía hacia ella un desagrado cada vez mayor.
Pero no se trataba únicamente de desagrado. Cuanto más se alejaba la chica de él síquicamente, más la deseaba físicamente; la extrañeza del alma particularizaba el cuerpo de la chica; incluso era ella la que lo convertía de verdad en cuerpo; era como si hasta entonces aquel cuerpo no hubiera existido para el joven más que en el limbo de la compasión, la ternura, los cuidados, el amor y la emoción; como si hubiese estado perdido en aquel limbo (¡sí, como si el cuerpo hubiese estado perdido!). El joven tenía la sensación de ver hoy por primera vez el cuerpo de la chica.
Cuando terminó de tomar el tercer vodka con soda, la chica se levantó y dijo con coquetería:
—Perdone.
El joven dijo:
—¿Puedo preguntarle a dónde va, señorita?
—A mear, si no le importa —dijo la chica y se alejó por entre las" mesas hacia una cortina de terciopelo.
8
Estaba contenta de haber dejado estupefacto al joven con aquella palabra que —a pesar de su inocencia— nunca le había oído decir: le parecía que nada reflejaba mejor al tipo de mujer a la que jugaba que la coquetería con la que había puesto el énfasis en la mencionada palabra; sí, estaba completamente satisfecha; aquel juego le entusiasmaba; le hacía sentir lo que nunca había sentido: por ejemplo aquella sensación de despreocupada irresponsabilidad.
Ella, que siempre había tenido miedo de cada paso que tenía que dar, de pronto se sentía completamente suelta. Aquella vida ajena dentro de la que se encontraba era una vida sin vergüenza, sin determininaciones biográficas, sin pasado y sin futuro, sin ataduras; era una vida excepcionalmente libre. La chica, siendo autoestopista, podía hacerlo todo: todo le estaba permitido; decir cualquier cosa, hacer cualquier cosa, sentir cualquier cosa.
Atravesaba la sala y se daba cuenta de que la miraban desde todas las mesas; esa también era una sensación nueva, hasta entonces desconocida: la impúdica satisfacción del propio cuerpo. Hasta ahora nunca había sido capaz de librarse por completo de aquella niña de catorce años que se avergüenza de sus pechos y que siente como una desagradable impudicia que le sobresalgan del cuerpo y sean visibles. Aunque siempre se había sentido orgullosa de ser guapa y bien hecha, aquel orgullo era inmediatamente corregido por la vergüenza: intuía correctamente que la belleza femenina funciona, ante todo, como incitación sexual y eso le desagradaba; ansiaba que su cuerpo sólo se dirigiese al hombre que amaba; cuando los hombres le miraban los pechos en la calle, le parecía que con ello arrasaban una parte de su más secreta intimidad, que sólo le pertenecía a ella y a su amante. Pero ahora era una autoestopista, una mujer sin destino; se había visto privada de las tiernas ataduras de su amor y había empezado a tomar intensa conciencia de su cuerpo; lo sentía con tanta mayor excitación cuanto más extraños eran los ojos que la observaban.
Cuando pasaba junto a la última mesa, un individuo medio borracho, deseando jactarse de ser un hombre de mundo, le dijo en francés:
—¿Combien, mademoiselle?
La chica lo entendió. Irguió el cuerpo, sintiendo cada uno de los movimientos de sus caderas; desapareció tras la cortina.
9
Todo aquello era un juego raro. La rareza consistía, por ejemplo, en que el joven, aunque había asumido estupendamente la función de conductor desconocido, no dejaba de ver en la autoestopista desconocida a su chica. Y eso era precisamente lo más doloroso; veía a su chica seducir a un hombre desconocido y disfrutaba del amargo privilegio de estar presente; veía de cerca el aspecto que tiene y lo que dice cuando lo engaña (cuando lo engañaba, cuando lo va a engañar); tenía el paradójico honor de ser él mismo objeto de su infidelidad.
Lo peor era que la adoraba más de lo que la amaba; siempre le había parecido que su ser sólo era real dentro de los límites de la fidelidad y la pureza y que más allá de esos límites simplemente no existía; que más allá de aquellos límites habría dejado de ser ella misma, tal como el agua deja de ser agua más allá del límite de la ebullición. Ahora, al verla trasponer con natural elegancia aquel horrible límite, se llenaba de rabia.
La chica volvió del servicio y se quejó:
—Uno de aquellos me dijo: ¿Combien, mademoiselle?
—No se asombre —dijo el joven—, tiene usted aspecto de furcia.
—¿Sabe que no me molesta en absoluto?
—¡Debía haberse ido con ese señor!
—Ya le tengo a usted.
—Puede irse con él después. ¿Por qué no se ponen de acuerdo?
—No me gusta.
—Pero no tiene usted inconveniente en estar una misma noche con varios hombres.
—Si son guapos ¿por qué no?
—¿Los prefiere uno tras otro o al mismo tiempo?
—De las dos maneras.
La conversación era una suma de barbaridades cada vez mayores; la chica estaba un poco espantada, pero no podía protestar. También el juego encierra falta de libertad para el hombre, también el juego es una trampa para el jugador; si aquello no fuera un juego, si estuvieran sentadas frente a frente dos personas extrañas, la autoestopista se hubiera podido ofender hace tiempo y hubiera podido marcharse; pero el juego no tiene escapatoria; el equipo no puede huir del campo antes de que finalice el juego, las piezas de ajedrez no pueden escaparse del tablero, los límites del campo de juego no pueden traspasarse. La chica sabía que tenía que aceptar cualquier juego, precisamente porque era un juego. Sabía que cuanto más exagerado fuera, más sería un juego y más obediente iba a tener que ser al jugar. Y era inútil invocar la razón y advertir al alma alocada que debía mantener las distancias con respecto al juego y no tomárselo en serio. Precisamente porque se trataba sólo de un juego, el alma no tenía miedo, no se resistía y caía en él como alucinada.
El joven llamó al camarero y pagó la cuenta. Luego se levantó y le dijo a la chica:
—Podemos ir.
—¿A dónde? —fingió asombro la chica.
—No preguntes y camina —dijo el joven.
—¿Con quién se cree que está hablando?
—Con una furcia —dijo el joven.
10
Iban por una escalera mal iluminada: en el descansillo, antes del primer piso, había un grupo de hombres medio borrachos delante de la puerta del retrete. El joven abrazó a la chica por la espalda, de tal modo que su mano apretaba el pecho de ella. Los hombres que estaban junto al retrete lo vieron y empezaron a dar gritos. La chica intentó soltarse pero el joven le gritó:
—¡Aguanta!
Los hombres aprobaron su actitud con zafia solidaridad y le dirigieron a la chica unas cuantas groserías. El joven llegó con la chica al primer piso y abrió la puerta de la habitación. Encendió la luz.
Era una habitación estrecha con dos camas, una mesilla, una silla y un lavabo. El joven cerró la puerta y se volvió hacia la chica. Estaba frente a él con un gesto de suficiencia y una mirada descaradamente sensual. El joven la miraba y trataba de descubrir, tras la expresión lasciva, los familiares rasgos de la chica, a los que amaba con ternura. Era como si mirase dos imágenes metidas en un mismo visor, dos imágenes puestas una encima de otra y que se trasparentasen la una a través de la otra. Aquellas dos imágenes que se trasparentaban le decían que en la chica había de todo, que su alma era terriblemente amorfa, que cabía en ella la fidelidad y la infidelidad, la traición y la inocencia, la coquetería y el recato; aquella mezcla brutal le parecía asquerosa como la variedad de un basurero. Las dos imágenes seguían trasparentándose la una a través de la otra y el joven pensaba en que la chica sólo se diferenciaba de las demás superficialmente, pero que en sus extensas profundidades era igual a otras mujeres, llena de todos los pensamientos, las sensaciones, los vicios posibles, dándoles así la razón a sus dudas y a sus celos secretos; que lo que parece un perfil que marca sus límites como individuo es sólo una falacia que engaña al otro, a quien la mira, a él. Le parecía que aquella chica, tal como él la quería, no era más que un producto de su deseo, de su capacidad de abstracción, de su confianza, y que la chica real estaba ahora ante él y era desesperadamente extraña, desesperadamente ambigua. La odiaba.
—¿Qué estás esperando? Desnúdate —dijo.
La chica inclinó con coquetería la cabeza y dijo:
—¿Para qué?
El tono con que lo dijo le resultó muy familiar, le pareció que hace ya mucho tiempo se lo había oído a otra mujer, pero ya no sabía a cuál. Tenía ganas de humillarla. No a la autoestopista, sino a su propia chica. El juego se había confundido con la vida. Jugar a humillar a la autoestopista no era más que una excusa para humillar a la chica. El joven olvidó que estaba jugando. Sencillamente odiaba a la mujer que estaba delante de él. La miró fijamente y sacó de la cartera un billete de cincuenta coronas. Se lo dio a la chica:
—¿Es suficiente?
La chica cogió las cincuenta coronas y dijo:
—No me valora demasiado.
El joven dijo:
—No vales más.
La chica se abrazó al joven:
—¡No debes portarte así conmigo! ¡Conmigo tienes que portarte de otra manera, tienes que poner algo de tu parte!
Lo abrazaba y trataba de llegar con su boca a la de él. El joven le puso los dedos en la boca y la apartó suavemente. Dijo:
—Sólo beso a las mujeres cuando las quiero.
—¿Y a mí no me quieres?
—No.
—¿Y a quién quieres?
—¿A ti qué te importa? ¡Desnúdate!
11
Nunca se había desnudado así. La timidez, el sentimiento interior de pánico, el alocamiento, todo lo que siempre había sentido al desnudarse delante del joven (cuando no la tapaba la oscuridad), todo aquello había desaparecido. Ahora estaba frente a él confiada, descarada, iluminada y sorprendida al descubrir de pronto los hasta entonces desconocidos gestos del desnudo lento y excitante. Percibía sus miradas, iba dejando a un lado, con mimo, cada una de sus prendas y saboreaba los distintos estadios de la desnudez. Pero de pronto se encontró ante él totalmente desnuda y en ese momento se dijo que el juego había terminado; que al quitarse la ropa se ha quitado también el disfraz y que ahora está desnuda, lo cual significa que ahora vuelve a ser ella misma y que el joven ahora tiene que acercarse a ella y hacer un gesto con el que lo borre todo, tras el cual sólo vendrá ya el más íntimo acto amoroso. Así que se quedó desnuda delante del joven y en ese momento dejó de jugar; estaba perpleja y en su cara apareció una sonrisa que era de verdad sólo suya: tímida y confusa.
Pero el joven no se acercó a ella y no borró el juego. No percibió la sonrisa que le era familiar; sólo veía ante sí el hermoso cuerpo extraño de su propia chica, a la que odiaba. El odio limpió su sensualidad de cualquier resto de sentimientos. Ella quiso acercarse pero él le dijo:
—Quédate donde estás, quiero verte bien.
Lo único que ahora deseaba era comportarse con ella como con una furcia de alquiler. Sólo que el joven nunca había tenido una furcia de alquiler y las únicas imágenes de que disponía al respecto provenían de la literatura y de lo que había oído contar. Se remitió por lo tanto a aquellas imágenes y lo primero que vio en ellas fue a una mujer en ropa interior ne gra (con medias negras) bailando sobre la reluciente tapa de un piano. En la pequeña habitación del hotel no había piano, lo único que había era una mesilla junto a la pared, pequeña, cubierta con un mantel de lino. Le ordenó a la chica que se subiera a ella. La chica hizo un gesto de súplica pero el joven dijo:
—Ya has cobrado.
Al ver en la mirada del joven su irreductible obsesión, trató de continuar con el juego, aunque ya no podía ni sabía hacerlo. Con lágrimas en los ojos se subió a la mesa. Apenas medía un metro de lado y una de las patas era un poquito más corta; la chica, de pie sobre la mesa, tenía sensación de inestabilidad.
Pero el joven estaba satisfecho con la figura desnuda que se elevaba por encima de él y cuya avergonzada inseguridad no hacía más que incrementar su autoritarismo. Deseaba ver aquel cuerpo en todas las posturas y desde todos los ángulos, del mismo modo en que se imaginaba que lo habían visto y lo verían también otros hombres. Era grosero y lascivo. Le decía palabras que ella nunca le había oído decir. La chica tenía ganas de rebelarse, de huir del juego; le llamó por su nombre pero él le gritó que no tenía derecho a tratarlo con tanta confianza. Y así por fin, confusa y llorosa, le obedeció; se inclinaba y se agachaba según los deseos del joven, saludaba y movía las caderas como si estuviera bailando un twist; en ese momento, al hacer un movimiento un poco más brusco, el mantel se deslizó bajo sus piernas y estuvo a punto de caerse. El joven la sostuvo y la arrastró a la cama.
La penetró. Ella se alegró de pensar que al menos ahora se acabaría aquel desgraciado juego y que volverían a ser ellos mismos, tal como eran, tal como se querían. Trató de unir su boca a la de él. Pero el joven se lo impidió y le repitió que sólo besaba a una mujer cuando la quería. Se echó a llorar. Pero ni siquiera del llanto pudo disfrutar, porque el furioso apasionamiento del joven iba ganándose gradualmente su cuerpo, que hizo callar a los lamentos de su alma. Pronto hubo en la cama dos cuerpos perfectamente fundidos, sensuales y ajenos. Aquello era precisamente lo que toda su vida la había espantado y lo que había tratado cuidadosamente de evitar: acostarse con alguien sin sentimientos y sin amor. Sabía que había atravesado la frontera prohibida, pero ahora, después de cruzarla, ya se movía sin protestar y con plena participación; sólo en algún rincón lejano de su conciencia se horrorizaba al comprobar que nunca había sentido tal placer y tanto placer como precisamente esta vez —más allá de aquella frontera.
12
Luego todo terminó. El joven se levantó de encima de la chica y llevó la mano al largo cable que colgaba sobre la cama; apagó la luz. No deseaba ver la cara de la chica. Sabía que el juego había terminado, pero no tenía ganas de volver a la relación habitual con ella; le daba miedo aquel regreso. Estaba ahora acostado en la oscuridad junto a ella, acostado de modo que sus cuerpos no se tocaran.
Al cabo de un rato oyó un suave gemido; la mano de la chica rozó tímida, infantilmente, la suya: la rozó, se retiró, volvió a rozarla y luego se oyó una voz suplicante, que gemía, lo llamaba por un apelativo familiar y decía:
—Yo soy yo, yo soy yo...
El joven callaba, no se movía y advertía la triste falta de contenido de la afirmación de la chica, en la que lo desconocido era definido por sí mismo, por lo desconocido.
Y la chica pasó en seguida de los gemidos a un ruidoso llanto y volvió a repetir aquella emotiva tautología incontables veces:
—Yo soy yo, yo soy yo, yo soy yo...
El joven empezó a llamar en su ayuda a la compasión (tuvo que llamarla de lejos, porque por allí cerca no se encontraba), para acallar a la chica. Todavía tenían por delante trece días de vacaciones.
viernes, 2 de mayo de 2014
Parte II... Clase 5. 28/4. Escritos: Tlon, lo grupal, lo neutro.
...Aunque es una duplicación, no es una copia...
"El lenguaje de Tlon rompe con el lenguaje del sentido común, con la fijeza del lenguaje que utilizamos, nos deja asombrados, no podemos entenderlos. Pone en cuestión el lugar fijo del lenguaje.
El plural es inevitable, abre la multiplicidad de posibilidades, lo no pensado, se rompe con la idea de único: "lo intrigante de cada composición", las ideas nuevas que afloran a través de la multiplicidad de figuras. Tlon como lo que surge de lo acallado por el sentido común."
"En un principio, se habla de "¿Quiénes inventaron Tlon?"Se piensa en la idea de que un solo autor es imposible, dada la gran variedad de cosas que allí aparecen. Personas de diversas dsiciplinas (ingenieros, metafísicos, poetas,etc) dirigidos por un "oscuro hombre de genio"
Pero en Tlon, lo plural se hace singular. Este "oscuro hombre d egenio", son todos los habitantes. Oscuro puede relacionarse con:
- La falta de la "firma" de un yo en cada hecho. Oscuro por la falta de delimitación, la falta de algo absoluto y certero. La falta de lo único (en relación con lo personal). Una sola boca parlanchina.
- No es un grupo de académicos, es lo grupla que habita en Tlon. El "oscuro hombre de genio" son todos los habitantes de Tlon, es Tlon.
Lo grupal es oscuro en ese punto. Como tal (como algo oscuro) genera duda, importa lo que sucede, y no a partir de quien (ya que no lo vemos), resguarda el misterio, no se conocen los límites, es imprevisible, la palabra no es de nadie,etc."
" TLONEAR
¿Cómo transitar un mundo Tloneano?
Pasear por el laberinto que son las mentes, nuestra mente, la mente del otro, de los otros en fin, lo mental.
Sobrevolar el laberinto o, ¿es una recta finita/infinita?
Poder desconocer/se
Poder asombrarse
Soportar la incertidumbre/ Disfrutar la incertidumbre.
Soportar el azar/ Disfrutar el azar
Perderse en el medio de las cosas.
Movimentarse en la no ceretza.
Correr el riesgo también de equivocarse.
¿Pero qué es equivocarse? ¿Desde dónde hacer esa clasificación de lo correcto/incorrecto? ¿Quién da el certificado? ¿Existe tal cosa?
Arriesgarse con el otro como el perro se sacude el agua al mojarse.
Caminar más liviano, más ignorado, más extrañado, recorriendo laberintos propiosdelotro.
Inventar otro lenguaje, fabricar lo que no existe.
Ser ciudadano de Tlon."
"EL ACONTECIMIENTO HABLA
El mundo no tiene que ver con los objetos que lo habitan sino como dicen en Tlon "el mundo es una serie homogénea de actos independientes" en tanto lo que importa no es el quien, el sujeto, no hay artículos sino hechos,a contecimientos en blanco llenos de posibilidades que acontecen de manera independiente, es decir, en soledad pero no como aislamiento sino que se da esa posibilidad en soledad. Lo grupal no articula, no hay sujetos que dicen cosas sino acontecimientos y como no hay alguien que habla, nadie puede tomarlo. No hay un relato sino múltiples narraciones, infinitos relatos que se pueden superponer pero nunca van a ser lo mismo ya que no habla el sujeto sino que lo otro habla. En Tlon no existe el plagio porque las obras no tienen que ver con quien las escribe sino que son de un solo autor intemporal y anónimo pero no como un Dios poseedor de toda la verdad. Al contrario rompe con la idea de un relato único y verdadero, sino que habla de que nadie es dueño, los sujetos no hablan, son los hechos los que hablan. No hay un relato único, ni ciencia única porque al no tener un sujteo, se despliega allí lo neutro y allí conecta con lo grupal, con lo no pensado de cada cosa y con las múltiples posibilidades y de esta manera como nadie tiene toda la verdad también rompe con la idea de poder".
""Una de las escuelas de Tlon llega a negar el tiempo: razona que el presente es indefinido, que el futurono tiene realidad sino como esperanza presente, que el pasado no tiene realidad sino como recuerdo presnete".
Una cosa es igualdad y otra cosa identidad.
"Todas las obras son obras de un mismo autor, que es intemporal y es anónimo". Un libro que no encuentra su contralibro es considerado incompleto.
Lo grupal guarda el secreto de la inventiva de los grupos que vendrán. Lo grupal no son los grupos pero sí son necesarios para pensar lo grupal. Lo grupal es experiencia de recepción colectiva de que vamos a morir y de que vivir es habitar cada momento y también copular con el tiempo del otro.
La fuerza de "diferir" en uno mismo como un modo de abrir paso a lo no representado e ignorado de sí. Lo grupal como ocasión para que, en el relato de cada cual, acontezca la posibilidad del diferir en uno mismo, la oportunidad de una fuga de sí, huida de la obstinada perseverancia de una representación.
"Lo grupal es sin sujeto.""
""... en Tlon el sujeto de conocimiento es uno y eterno. En los hábitos literarios es también todopoderosa la idea de un sujeto único. Es raro que los libros estén firmados. No existe el concepto de plagio: se ha establecido que todas las obras son obras de un solo autor que es, intemporal y anónimo."
En conexión con la idea de que lo grupal es el contacto deseado con el vértigo idiferenciador de lo infinitamente singular. De que es lo incalculable de un colectivo desprendido de los imaginarios personales."
"En el libro de Tlon se destaca que la geometría visual utiliza la superficie y no el punto, geometría que desconoce de paralelas por lo cual el hombre que se desplaza allí modifica las formas que lo circundan. Los números son indefinidos. En cuanto a la literatura, se utiliza la idea de un sujeto único, los libros no están firmados, no existe el "plagio". Todas las obras son obra de un solo autor, intemporal y anónimo.
Las distintas ciencias son neutras, no determinadas, indefinidas. Posibles de ser rellenadas por infinitos contenidos, lo que me hace recordar a la idea de "vacío" y "soledad", a la multiplicidad de cosas que permitan la posibilidad de adicionar distintas narraciones.
Se rompe con los límites al justamente, no existir límites. No hay puntos, paralelas, individuos. Hay un fluir de distintos lugares, infinitos números, infinitos autores. En verdad, al haber todos los lugares, números e individuos tampoco existe uno definido, el que haya todos hace que no haya ninguno.
No hay certezas que consoliden figuras, identidades, determinaciones, por eso el hombre modifica las tramas que lo circundan, nunca llega a tener una "forma" que ya la perdió, no hay modelos ni idealismo, la forma es infinitamente moldeable".
""Los metafísicos de Tlon no buscan la verdad, ni siquiera la verosimilitud: buscan el asombro". Este asombro puede verse como una permanente interrogación. Es la multiplicidad que se desliga del sentido común que "tienen" los metafísicos para no cerrar certezas o establecer ideas, sino que se puede encontrar un nuevo sentido ya que este es infinito. Esta idea rompe con la idea de un lugar fijo".
"El lenguaje de Tlon rompe con el lenguaje del sentido común, con la fijeza del lenguaje que utilizamos, nos deja asombrados, no podemos entenderlos. Pone en cuestión el lugar fijo del lenguaje.
El plural es inevitable, abre la multiplicidad de posibilidades, lo no pensado, se rompe con la idea de único: "lo intrigante de cada composición", las ideas nuevas que afloran a través de la multiplicidad de figuras. Tlon como lo que surge de lo acallado por el sentido común."
"En un principio, se habla de "¿Quiénes inventaron Tlon?"Se piensa en la idea de que un solo autor es imposible, dada la gran variedad de cosas que allí aparecen. Personas de diversas dsiciplinas (ingenieros, metafísicos, poetas,etc) dirigidos por un "oscuro hombre de genio"
Pero en Tlon, lo plural se hace singular. Este "oscuro hombre d egenio", son todos los habitantes. Oscuro puede relacionarse con:
- La falta de la "firma" de un yo en cada hecho. Oscuro por la falta de delimitación, la falta de algo absoluto y certero. La falta de lo único (en relación con lo personal). Una sola boca parlanchina.
- No es un grupo de académicos, es lo grupla que habita en Tlon. El "oscuro hombre de genio" son todos los habitantes de Tlon, es Tlon.
Lo grupal es oscuro en ese punto. Como tal (como algo oscuro) genera duda, importa lo que sucede, y no a partir de quien (ya que no lo vemos), resguarda el misterio, no se conocen los límites, es imprevisible, la palabra no es de nadie,etc."
" TLONEAR
¿Cómo transitar un mundo Tloneano?
Pasear por el laberinto que son las mentes, nuestra mente, la mente del otro, de los otros en fin, lo mental.
Sobrevolar el laberinto o, ¿es una recta finita/infinita?
Poder desconocer/se
Poder asombrarse
Soportar la incertidumbre/ Disfrutar la incertidumbre.
Soportar el azar/ Disfrutar el azar
Perderse en el medio de las cosas.
Movimentarse en la no ceretza.
Correr el riesgo también de equivocarse.
¿Pero qué es equivocarse? ¿Desde dónde hacer esa clasificación de lo correcto/incorrecto? ¿Quién da el certificado? ¿Existe tal cosa?
Arriesgarse con el otro como el perro se sacude el agua al mojarse.
Caminar más liviano, más ignorado, más extrañado, recorriendo laberintos propiosdelotro.
Inventar otro lenguaje, fabricar lo que no existe.
Ser ciudadano de Tlon."
"EL ACONTECIMIENTO HABLA
El mundo no tiene que ver con los objetos que lo habitan sino como dicen en Tlon "el mundo es una serie homogénea de actos independientes" en tanto lo que importa no es el quien, el sujeto, no hay artículos sino hechos,a contecimientos en blanco llenos de posibilidades que acontecen de manera independiente, es decir, en soledad pero no como aislamiento sino que se da esa posibilidad en soledad. Lo grupal no articula, no hay sujetos que dicen cosas sino acontecimientos y como no hay alguien que habla, nadie puede tomarlo. No hay un relato sino múltiples narraciones, infinitos relatos que se pueden superponer pero nunca van a ser lo mismo ya que no habla el sujeto sino que lo otro habla. En Tlon no existe el plagio porque las obras no tienen que ver con quien las escribe sino que son de un solo autor intemporal y anónimo pero no como un Dios poseedor de toda la verdad. Al contrario rompe con la idea de un relato único y verdadero, sino que habla de que nadie es dueño, los sujetos no hablan, son los hechos los que hablan. No hay un relato único, ni ciencia única porque al no tener un sujteo, se despliega allí lo neutro y allí conecta con lo grupal, con lo no pensado de cada cosa y con las múltiples posibilidades y de esta manera como nadie tiene toda la verdad también rompe con la idea de poder".
""Una de las escuelas de Tlon llega a negar el tiempo: razona que el presente es indefinido, que el futurono tiene realidad sino como esperanza presente, que el pasado no tiene realidad sino como recuerdo presnete".
Una cosa es igualdad y otra cosa identidad.
"Todas las obras son obras de un mismo autor, que es intemporal y es anónimo". Un libro que no encuentra su contralibro es considerado incompleto.
Lo grupal guarda el secreto de la inventiva de los grupos que vendrán. Lo grupal no son los grupos pero sí son necesarios para pensar lo grupal. Lo grupal es experiencia de recepción colectiva de que vamos a morir y de que vivir es habitar cada momento y también copular con el tiempo del otro.
La fuerza de "diferir" en uno mismo como un modo de abrir paso a lo no representado e ignorado de sí. Lo grupal como ocasión para que, en el relato de cada cual, acontezca la posibilidad del diferir en uno mismo, la oportunidad de una fuga de sí, huida de la obstinada perseverancia de una representación.
"Lo grupal es sin sujeto.""
""... en Tlon el sujeto de conocimiento es uno y eterno. En los hábitos literarios es también todopoderosa la idea de un sujeto único. Es raro que los libros estén firmados. No existe el concepto de plagio: se ha establecido que todas las obras son obras de un solo autor que es, intemporal y anónimo."
En conexión con la idea de que lo grupal es el contacto deseado con el vértigo idiferenciador de lo infinitamente singular. De que es lo incalculable de un colectivo desprendido de los imaginarios personales."
"En el libro de Tlon se destaca que la geometría visual utiliza la superficie y no el punto, geometría que desconoce de paralelas por lo cual el hombre que se desplaza allí modifica las formas que lo circundan. Los números son indefinidos. En cuanto a la literatura, se utiliza la idea de un sujeto único, los libros no están firmados, no existe el "plagio". Todas las obras son obra de un solo autor, intemporal y anónimo.
Las distintas ciencias son neutras, no determinadas, indefinidas. Posibles de ser rellenadas por infinitos contenidos, lo que me hace recordar a la idea de "vacío" y "soledad", a la multiplicidad de cosas que permitan la posibilidad de adicionar distintas narraciones.
Se rompe con los límites al justamente, no existir límites. No hay puntos, paralelas, individuos. Hay un fluir de distintos lugares, infinitos números, infinitos autores. En verdad, al haber todos los lugares, números e individuos tampoco existe uno definido, el que haya todos hace que no haya ninguno.
No hay certezas que consoliden figuras, identidades, determinaciones, por eso el hombre modifica las tramas que lo circundan, nunca llega a tener una "forma" que ya la perdió, no hay modelos ni idealismo, la forma es infinitamente moldeable".
""Los metafísicos de Tlon no buscan la verdad, ni siquiera la verosimilitud: buscan el asombro". Este asombro puede verse como una permanente interrogación. Es la multiplicidad que se desliga del sentido común que "tienen" los metafísicos para no cerrar certezas o establecer ideas, sino que se puede encontrar un nuevo sentido ya que este es infinito. Esta idea rompe con la idea de un lugar fijo".
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